Hacía tres semanas que buscábamos el yate. Eran tres ingleses y un norteamericano; habían ido, supuestamente, a pescar tiburones, una sudestada como pocas veces se ha visto en la costa los había alcanzado, y ahora había que buscarlos. Sus familiares, desesperados, habían apretado todas las clavijas diplomáticas, mediáticas y hasta económicas; hasta el padre del norteamericano ofreció una recompensa de un millón de dólares a quién encontrara el yate. De todas maneras, Eduardo, Martina, Fabricio y yo estábamos acostumbrados a buscar botes, yates y barquichuelas perdidas; a rescatar cuerpos ahogados; incluso un par de veces habíamos encontrados naufragos vivos, atados a la balsa inflable, resecos, sudorosos, delirantes. En el mar, pensaba a veces, el tiempo no pasa; un hombre de mar de hoy en día no es muy diferente de el Largo John Silver ni de Simbad, que aunque sé que son personajes de la literatura fueron los que me obligaron a irme de la muy mediterranea Córdoba y venira acá, a Mar del Plata y ser rescatista de naúfragos.
Cerca del mediodía Martina avistó el yate. Martina es muy morena y tiene ojos negros; es descendiente de una larga generación de pescadores y a muchas veces se burla de mí por mi desconocimiento de cosas que para ella son tan naturales como las algas o las gaviotas. Tiene instinto acuático; va a venir una tormenta, dice, aunque el cielo está azul y a los treinta minutos la tormenta llega.
- Por lo menos el yate está entero- dijo Eduardo- Vamos a ver que pasó. Esperemos que esten vivos.
- Yo aviso- les dije. Llamé a Veermen, nuestro jefe, y le dije que habíamos encontrado el yate.
Sin dificultad, subimos al yate. Era muy lujoso, lo cual no nos extrañó. Lo recorrimos entero: la cubierta, la bodega. Estaba vacío.
- Se ahogaron los cuatro- dijo Martina- Los agarró la tormenta y los tiró como a muñecos. Se ahogaron. Vamos a tener que buscar los cuerpos, y vamos a ver si los encontramos. No creo, a esta altura. Muy lejos de la costa. Que mala leche que tuvieron estos tipos, che.
- Ahora aviso a Veermer- dije.
Me fui a cubierta. Llamé dos veces, tres veces. Nada. No podía comunicarme con Veermer. No me preocupó. A veces pasaba. Me quedé viendo la proa. Era una proa lisa, común, como todas las proas. Algo me resonó raro en la cabeza. Intenté comunicarme otra vez con Veermer y me siguió sonando ruido blanco en el comunicador. Entonces me di cuenta; en las fotos que habíamos visto del yate ("Parnasus", le habían puesto) la proa tenía una figura tallada. Una mujer rara, de cabellos ondulados y dientes afilados. Una ondina, había dicho Veermer en cuanto la vio. Ahora esa mujer no estaba. Pero no podíamos habernos equivocados de yate -era igual al de las fotos, pero además los objetos personales de los naúfragos, algunos identificados con monogramas, estaban en la bodega.
En esas cavilaciones estaba cuando sentí el grito. Era de Martina y provenía de la bodega. Bajé lo mas rápido que pude las escaleritas para encontrarla llorando y con una parte de la garganta mordida, casi arrancada. La sangre empapaba todo el piso barnizado.
- Quise abrir un armario y salio y me atacó- me dijo a borbotones- La hija de puta. Se fue para arriba.
Agarré un par de camisas de seda y se las apreté en el cuello. La ayudé a subir; se quedó contra la barandilla del yate, mirando el mar, gimiendo. Entre gemido y gemido me dijo- Andá a buscar a Eduardo y a Fabricio. Rápido. La hija de puta está suelta.
Los busqué. Juro que los busqué por todo el yate. En la bodega, en la cubierta, en los armarios; solo sentí el olor a hierro de la sangre (estaba empapado). Empecé a gritar sus nombres. Nadie me contestó. Lo único que se oía era el viento casi calmo y a lo lejos, algún pájaro marino que no pude determinar. Martina hubiera podido.
Volví junto a ella. Estaba muerta. Había perdido demasiada sangre, un ataque en la garganta es la muerte casi segura para cualquiera. Le cerré los ojos vidriosos. Tendría que haber rezado algo, pero la verdad es que no sé rezar. Estaba pensando en eso cuando oí el ruido detrás de mí y el olor; era un olor a algas, pero también a hombres y mujeres muertos, el olor de los ahogados que conozco tan bien de tanto sacarlos. No me di vuelta. Si me daba vuelta estaba muerto. Temblando, apoyé un pie en la barandilla y salté al mar.
Nadé hasta nuestro barco. Cuando estuve allí, me largué a llorar, más de los nervios que de otra cosa. Para peor, no podía sacarme de la nariz el olor de los ahogados; estaba como impregnado en mí, en mi remera y en mis dedos y hasta en mis ojos. Martina estaba muerta, Fabricio y Eduardo desaparecidos como los tres ingleses y el norteamericano. Cuando dejé de llorar y de temblar -me llevó un buen rato- me acordé que el comunicador había quedado en el yate. Pero no iba a volver ni loco. Levanté la vista para mirarlo, con mucho miedo; pero el yate ya no estaba ahí. Frente a mí solamente había mar, y alguna gaviota medio desorientada.
Llamé a Veermer.
- ¿Que mierda pasó?- me dijo el holandés. - Hace dos horas que no te comunicás.
- Ahora vuelvo- le dije.- Te cuento.
- ¿Como vuelvo? ¿Y Fabricio y Eduardo y Martina? ¿Que mierda pasa? ¿Quieran que les mande a Bouchanan y a Rafael, para ayudarlos?
- No.- le dije- Por favor no mandes a nadie más a buscar a nadie. Ahora vuelvo. Ahora vuelvo. Ahora vuelvo.
Veermer se enojó.
- Dame las coordenadas exactas. Ahora mando refuerzos. No entiendo que carajo pasa.
Le corté la comunicación. Ni siquiera sabía bien las coordenadas (Eduardo era el que se fijaba en eso) y a esa altura, para mí, latitud cero, longitud cero.
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