Corría el año 1973, yo tenía el pelo largo y era fanático de los Rolling Stones. Mi hermana trabajaba en el hospital, como médica y estaba en el sindicato. Ella odiaba la música yanqui. La odiaba con una sinceridad exenta de culpa; nos están colonizando con sus disquitos, me decía. Escuchá, por favor, a Viglietti. Yo, vergonzosamente, odiaba a mi hermana. Era también un odio sin culpa y sin testigos; mi hermana entraba y salía de casa, trabajando, llevando panfletos, trayendo gente del sindicato a casa, ante la mirada un poco atónita de mamá y de papá que no sabían como una chica gordita y pecosa se había tranformado en una mujer gordita y pecosa que leía libros de Marx y de Milcíades Peña y que trabajaba a veces treinta y seis horas al día por un sueldo miserable. Yo me encerraba en mi cuarto y escuchaba Sympathy for the Devil a todo volumen. Dibujaba caras de demonios. Tuve pocos amigos durante esos años; definitivamente la adolescencia no fue mi momento de gloria; uno de esos pocos amigos que tuve era Yogurt, de quien nunca supe el verdadero nombre, pero le deciamos Yogurt porque le gustaba mucho el yogurt. El me invitó una noche al bar que quedaba en Callao y Cordoba a escuchar un grupo nuevo, Sandalo, y aunque lo que hacian estaba mas cercano a Almendra, segun Yogurt, yo fui mas que nada porque ya no me soportaba adentro de la pieza llena de ropa sucia y de espantos en lapiz 3B. Apenas llegamos sentimos el olor de la marihuana, que ya me era familiar, y al poco rato salió la banda a tocar, que no era muy buena, pero no importaba porque el local estaba casi vacío. De todas maneras, no tuvimos muchas posibilidades de disfrutarlos ni de sufrirlos; a los dos temas entro la cana y ni tuvimos tiempo de tirar los cigarrillos de marihuana ni de escaparnos; los veinte que estabamos en el bar (incluido el guitarrista, el vocalista y el percusionista de Sandalo) terminamos en la carcel. Creo que ese dia terminaron mis aspiraciones satanicas; durante las doce horas que estuve ahi, en un calabozo inmundo donde además había tres borrachos fanáticos de Ferro y un hombre que había degollado a su hijastra, le estuve rezando a Dios, a María y hasta a San Pedro por las dudas para que alguien me sacara. La respuesta al rezo fue un cana que me dijo "Pibe, sabe que te vamos a abrir una causa, ahora zafas pero el prontuario lo vas a tener de por vida. Agradece que una gorda loca te pago la fianza, salís pero sabe que ya te marcamos". Cuando dijo lo de la gorda loca ya me imaginé por donde venía la mano, agaché la cabeza y salí más asustado de lo que estaba. Mi hermana me esperaba con los brazos cruzados. "Mi auto está afuera" me dijo "te llevo a casa". En el viaje no hablamos. Cuando mi hermana dejó el auto en el garage, me dijo en voz baja "A papá y a mamá les vas a decir que pasaste la noche en casa de Yogurt. La plata de la fianza me la vas a tener que pagar de a poco, porque le tuve que pedir prestado a una amiga pediatra para conseguirla. Dejá de hacer boludeces, lo único que me falta a mí con todos los quilombos que tengo es tener que estar sacandote de la cárcel por pelotudear con tus amigos".
No sé por qué, nunca le conté esta historia a nadie; ni a mamá ni a papá, ni a Osvaldo, el que un año después fue marido de mi hermana, ni a Nuria, su hija, ni a Mabel, ni a Claudia, mis dos exposas, ni siquiera a Lucio, mi hijo de trece años. Mi hermana desapareció en la Navidad de 1977; estaba saliendo de su casa para venir a la nuestra, donde la esperábamos con lechón, sidra, pan dulce y transpiración, y tres hombres en un auto sin patente la levantaron y se la llevaron. Me acuerdo que Nuria tenía un año y jugaba con el sonajero que rodaba mientras mamá le decía "Tu mamá ya llega, tu mamá ya llega". Su mamá nunca llegó. Lo único que pudimos saber es que estuvo en la Esma, y que la tiraron pronto al río; no era una desaparecida importante. Desde ese día en mi familia no se celebró más la Navidad. Papá se murió de un ataque al corazón dos años después; mi mamá aguantó hasta la llegada de la democracia, todo lo que pudo.
Después que mi hermana desapareció, durante muchos años, pensé en quemar todos los discos que tenía de los Rolling Stones. Los odiaba. Pensé en regalarlos también, o en venderlos. Creo que por treinta y cinco años dejé de escuchar música. La música era para mí la muerte: yo deseando que mi hermana muriera a los diecisiete años y ese deseo cumpliéndose cuatro años después. Hasta que un día Osvaldo vino a visitarme; iba a irse a vivir a España, con su nueva pareja, pero quería dejarme algo. Una caja de madera con algunas cartas de mi hermana, fotos, esas boludeces que uno conserva siempre, que no tira porque de alguna manera son cosas importantes: Cuando se fue la abrí; había fotos de mi hermana con Osvaldo, de mi mamá, de mi papá, de Nuria recién nacida. Y había una polaroid de mi: yo sentado junto con Yogurt, la cabeza gacha, escuchando algo. Atrás estaba escrito: Foto tomada una semana antes de que el pavoton de mi hermano cayera preso por tener olor a marihuana en el pelo ¿que me contás? Con esa nariz de gancho y esos granos. Todo un reo me salió. Y ese Yogurt tiene una pinta de mafioso también.
Enmarqué la foto y la puse en el comedor. Mi hijo me preguntó, con esa crueldad usual en los adolescentes, quién era ese chico tan feo.
- Yo, por supuesto- le contesté- Pero ojo que los hijos salen parecidos a los padres.
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