viernes, 28 de diciembre de 2018

El arbusto.

Mi cuento favorito es Rip van Winkle, de Washington Irving. Quizás por eso soy guardiaparques: es un destino difícil y algo solitario, según mi madre, que quería que fuera médica pediatra, o peor aún, para mi padre que quería que fuera ingeniera civil. No me gustan los puentes, es lo único que intento explicarles. Ser ingeniero es un destino difícil; uno no sabe si construirá una autopista o una cárcel. En cambio, en el parque yo no decido nada: si hay una tormenta los pájaros mueren y algunos cachorros de ratas también. Si hay mucho sol, los perros salvajes, sobrevivientes a abandonos de sus dueños, se tiran a la sombra de los pinos. A veces les doy agua y ellos me agradecen de lejos, con esa mirada extraña. Los gatos son mas extraños aún; cazan ratas gigantescas de las que solo he entrevisto la sombra y luego se relamen con una felicidad que nunca he conocido. En este bosque, puedo soñar que soy Rip van Winkle. Sé que no lo soy. A veces encuentro algún ahorcado, alguna pareja perdida, algun anciano con Alzehimer, lo que me obliga a recordar mis obligaciones, a no ser hechizada por el canto de algunos pájaros desconocidos (¿o tendrán nombre?). El río a veces crece y a veces se retira. Los pescadores se ahogan; algunos chicos en kayak también. Lo único que he notado este año es la extraña ausencia de abejas; las flores de rúcula las convocan, pero ellas probablemente están muertas. He perdido la costumbre de rebelarme ante los hechos que pasan todos los días, aunque extraño mis abejas. Sospecho que a los apicultores debe pasarles lo mismo. En este bosque estoy a salvo, pienso: es un rigor de ángeles, no de ajedrecistas. La muerte es lo único seguro en esta vida, pienso; a veces, también los impuestos. Miro un arbusto de jazmín duranta: está floreciendo, dará frutos a final del verano.

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