viernes, 1 de marzo de 2019

La muerte de un rey. 66° parte


                                                                               Aquí estoy
en esta soledad luminosa,
plena, habitada
de fuegos y ventanas.
                          Susana Cabuchi

                                                               Loug, Termon, aldea cercana al desierto

A Loug lo que realmente lo divertía de los "termonitas", como los había bautizado, era su afán por imitar las historias que él les contaba. Como no había podido traerse la Nikkon, ni siquiera una vulgar cámara digital porque ambas eran completamente inútiles en un planeta sin líquidos reveladores, había decidido traerse de la tierra sus cuadernos de viaje, lleno de apuntes y dibujos. Lo de dibujos era una forma agradable de nombrar los mamarrachos que hacía, lo de cuadernos de viaje era una forma superlativa de llamar a cuatro cuadernos espiralados y cuadriculados, llenos de cuentas y de nombres de países raros. Si se había quedado en Termon, después de la muerte de Oregon y Amparo y del comienzo de la guerra de los Mil contra el Rey, era porque los termonitas eran lo más parecido a un pueblo civilizado que existía en ese planeta; si lo pensaba bien, eran incluso más civilizados que él. Su lenguaje era bastante precario, era cierto, y sus leyendas se limitaban a historias de cazadores que se habían adentrado en el desierto y no habían regresado, cazadores que se habían adentrado en la selva y no habían regresado y cazadores que habían seguido el curso de los dos ríos que se originaban cerca de Termon y tampoco habían regresado; pero, pensaba Loug, muchos leyendas de la tierra eran así de básicas e igualmente habían sido recopiladas. Además, dada la escasez de habitantes de Termon (doscientos cincuenta y tres, contando bebés y ancianos moribundos), era entendible que tres o cuatro cazadores adultos perdidos por generación fueran considerados una tragedia. Cuando el intentó explicarles que quizás esos cazadores perdidos no estaban muertos, sino que probablemente alguno hubiera encontrado otra aldea, cercana o lejana, y se había quedado a vivir allí, los termonitas reaccionaron con gran escándalo y casi lo expulsan del lugar; el mundo, para ellos, era Termon, todos los que vivían afuera de allí eran caníbales monstruosos desde su nacimiento y un cazador que no regresaba estaba indudablemente muerto, porque si no hubiera regresado. No eran un pueblo pacífico exactamente (lo descubrió pronto) pero la aldea estaba situada en una geografía tan poco amigable  que nadie en el territorio parecía tener mucho interés en Termon, excepto él y ahora, Hungarian Gim. Pregúntales acerca del desierto, le dijo el geográfo, preguntáles acerca del desierto. El desierto es nuestra última esperanza. Y entonces Loug, que había sido en la tierra Patrice Lougmas pero ya casi no lo recordaba, suspiró. A los termonitas no se les podía preguntar nada directamente desde que él tuvo, una noche de verano en la cual las salamanquesas devoraban estercoleros, la malhabida idea de contarles acerca del último emperador chino. Imprevisiblemente, a los termonitas los había fascinado la idea de un emperador niño, y aunque no había en Termon nada parecido a castas, ni reyes, ni nobleza -eran demasiados pocos, se conocían demasiado- habían decidido que cada generación tendría una especie de niño emperador, que supiera todos los secretos de Termon, genealógicos, geográficos, económicos y familiares. Ese niño emperador, a quién llamaban Geo, era elegido desde sus tres años y educado especialmente desde esa edad hasta los nueve, cuando asumía su lugar  en una choza especialmente construída a esos efectos, y, cada vez que algo fuera de lo normal ocurría -varios días de lluvia en verano, por ejemplo o una serpiente que atacaba a una mujer anciana- esa noticia le eran contada primariamente a él, para que la registrara. A los quince años el Geo perdía sus privilegios y se transformaba en un cazador común y corriente, pero antes de eso debía contarle al nuevo Geo las novedades que habían ocurrido en esos seis años, para que las memorizara. Con lo cuál, pensaba Loug, él era el culpable de que algo parecido a la historia empezara en Termon; ya los cazadores perdidos no se habían perdido "hacía muchos años" sino "durante el imperio del tercer Geo". Un Geo no era un rey, ni un sabio ni un guerrero; pero si Loug quería saber lo poco o lo mucho que los termonitas habían recopilado acerca desde el desierto desde antes que los Mil llegasen, tenía que solicitarle a las tres mujeres que lo custodiaban y alimentaban que lo dejasen verlo. Solo el Geo podía hablar sobre Termon y sobre el desierto; y si el Geo se negaba a hacerlo, nadie en Termon lo haría. Si esto hubiera ocurrido en mi época de nacimiento y en la tierra, se hubiera hablado de censura previa, pensó Termón, mientras devoraba su escudilla de alubias asadas; pero en realidad los entiendo. No es censura; los termonitas aman sus secretos, aunque sean poco interesantes., como esas mujeres que atesoran recetas familiares o esos hombres que coleccionan estampillas en secreto.
Las mujeres lo acompañaron hasta la puerta de la choza y después se retiraron. El Geo estaba acostado entre pieles de zorros grises; tenía los ojos abiertos. En su mano tenía un huevo de codorniz y lo hacía girar.
- Quiero saber todo lo que sabes sobre el desierto- le dijo Lougmas. - ¿Quieres contarme?
Al Geo le brillaron los ojos. Es solo un niño de catorce años, pensó Lougmas, y es como si a mí a los catorce años me hubieran preguntado si quería contar todo lo que sabía de Courbet. 
El Geo se sentó.
- Empezaré a contarte- le dijo, con voz perezosa. 




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