sábado, 23 de marzo de 2019

Brujos

Yo, que nunca he creído, ahora rezo; yo ví el cadáver de la muerta rodeado de velas, ví las estampitas y las extrañas agujas sobre el General moribundo y su nueva esposa, lo ví al Brujo y el Brujo nos daba órdenes y yo era uno de sus adláteres. No lo hacía por creencia. Lo hacía por dinero. Mucho dinero tuvimos en esos años pero más fue la sangre. A la última mujer que era casi vieja y una madre y temblaba la secuestramos en el Perú y la matamos en el Madrid y cuando descubrieron el cadáver en el hotel ya nos mandaron la orden de que nos olvidáramos de volver, de que nos volvieramos mozos o marineros, de que quizás algún día nos llamarían, y nos mandaron también una estampita de la Virgen del Lujan lo cual era casi gracioso. Yo, que nunca creí en nada, excepto en el dinero y en la sangre y en el buen uso de las balas para callar a los lenguaraces, y me reí cuando el Brujo cayó en ese extraño viaje a las Bahamas (el tan esotérico y seguro buscando los orígenes del sincretismo) ahora rezo; anoche soñé con la gente que he matado. Eran muchos y estaban todos desnudos y hablaban. Hablaban en un idioma que no entiendo. Y ahora sé que no hay nada después de la muerte, pero que  antes de morirme me visitaran cada noche mis muertos; uno o dos por cada noche y me hablarán y no podré responderles porque quién ha asesinado ya no regresa nunca del asesinato.

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