miércoles, 20 de marzo de 2019
Porque nunca publiqué ningún libro
Nunca he publicado ningún libro, aunque me encanta escribir. La razón por la que nunca trajiné concursos de editoriales prestigiosas u oficinas de editores prestigiosas es la más simple del mundo: conozco cien escritores argentinos vivos que escriben mejor que yo. La única revolución real a nivel editorial en Argentina fue la gran editorial Eloísa Cartonera, que con descarte de oficina y carton coarrugado hace libros de grandes autores a precios ínfimos. Todos eso después de la debacle del 2001. El mundo cultural en Argentina es tan amplio y tan rico que en tres días en Mar del Plata pude ver tres obras teatrales diferentes y excelentes, una en el Teatro Provincial, subvencionada por la provincia, la otra en el circuito comercial y la otra a la gorra, en una sala subterranea. Acá mismo en Rosario hay un movimiento teatral y un circuito de cine envidiable para una ciudad del interior del país; ni hablar de la música, porque es difícil encontrar un barrio de Rosario que no tenga diez profesores de guitarra, diez profesores de piano, diez profesores de canto y diez profesores de batería. Muchos extranjeros se preguntan ¿por qué hay tantos buenos músicos, poetas, escritores, pintores, arquitectos, directores de cine, actores y escultores argentinos? La respuesta es simple: porque la educación en Argentina es humanística desde hace más de doscientos años. Y prácticamente laica; hay escuelas religiosas pero generalmente sus contenidos son similares a los contenidos de las escuelas laicas. Sarmiento pensaba igual que Paulo Freire cien años antes que Paulo Freire y pudo ponerlo en práctica; y una vez que ponés en marcha un gran sistema educativo público es casi imposible frenarlo. El pensamiento argentino es m´hijo el dotor; y he conocido a pocos graduados universitarios que hablen mal de sus padres en la ceremonia de graduación universitaria. Generalmente agradecen el aguante y la paciencia de los padres o de la familia en general y hacen lo más que pueden con ese título; cada vez que quiero quejarme del colectivo que se atrasa o de las marchas en la peatonal, me acuerdo de que vivo en un país en el que el hijo de un verdulero boliviano o de un albañil paraguayo puede llegar a médico, lo cual, en un mundo donde todos quieren ser famosos en quince minutos, no es poco decir.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario