sábado, 30 de marzo de 2019
Escándalo en Harvard
Siempre que veo las películas de college o sea de universidad de EEUU me da un poco de risa. Trabajo en el sistema universitario argentino como administrativa hace prácticamente veinte años, antes que eso fui estudiante universitaria. Y antes fui estudiante secundaria. Todo eso solo pagando cooperadora de la escuela en la secundaria. La mayoría de mis profesores de secundaria, de universidad y de terciaria eran excelentes; yo no me gradué de la universidad, pero recuerdo haber tenido en primer año de cursado de Bellas Artes compañeros que ya eran artistas consumados antes de tener el título. Y no hablo de performances e instalaciones, que siempre me parecieron (eran los noventa) aburridos ecos de los años sesenta, sino gente que pintaba, dibujaba y esculpía muy bien. Gente que sabía. Por eso cuando veía esas comedias o dramas sobre la gente que iba al college en EEUU me parecían livianos e ingenuos; en tercer año de universidad tuve muchos compañeros de cuarenta o cincuenta años que habían perdido trabajo y, como tenían familia, tenían que capacitarse como docentes para, al menos, ser docentes. El chiste en los noventa era que cuando ibas a buscar trabajo si eras joven te decían que tenías poca experiencia, pero si tenías treinta años y diez años de trabajo como experiencia te decían que eras viejo para el trabajo. La realidad: no había trabajo. Porque si hubiera habido trabajo los de dieciocho, los de treinta, los de cuarenta y cinco y los de sesenta lo hubiéramos tenido. Creo que la idea de tan personal visión del trabajo salió del núcleo duro de la educación universitaria norteamericana (eficientismo, autoconocimiento, autoayuda, e incluso empoderamiento son sus metáforas favoritas) y el transcurso del tiempo terminó devorando esas ideas. La idea de que la desocupación disciplina los cuerpos y los obreros suena genial, en teoría. En realidad las personas, ricas, más o menos ricas o pobres, cuando descubren que no son necesarias para el sistema capitalista, empieza a cuestionarse seriamente si el sistema capitalista es necesario para ellos. En diarios como Clarín o revistas como Fortuna los especialistas en educación se escandalizan (y lo peor es que es en serio) de que la gente prefiera ahora estudiar carreras humanísticas como Historia, Letras, Filosofía, Antropología o Bellas Artes en lugar de Marketing o Administración de Empresas. Siendo tan necesarias carreras como Marketing o Administración de Empresas. En realidad si la gente prefiere estudiar carreras humanísticas es porque tanto Marketing como Administración de Empresas, e inclusive Licenciatura en Economía, o Contabilidad, son carreras que han probado no ser garantía de éxito. El escándalo de que millonarios quisieron coimear a las autoridades de Harvard para que sus hijos ingresaran a la universidad es prueba concreta de que el sistema educativo norteamericano es un gran fracaso: si tu hijo no da para Harvard, que supuestamente, junto con Yale y Julliard son la creme de la creme en materia educativa, no da para Harvard. Por más que pongas dinero, dones incunables a la biblioteca, y gracias a tus millones construyan un laboratorio nuevo, tu hijo no tiene la inteligencia ni la creatividad suficiente para ingresar a una universidad. No porque sea idiota; quizás tenga que estudiar unos años más. O quizás Harvard y Yale no le interesen y esto es más probable. En el sistema educativo norteamericano y también en el privado argentino, y en algunos estatales argentinos de supuesta excelencia, veo una creencia casi supersticiosa de que la educación nos protegerá de algo. La educación nunca ha protegido a nadie de nada, desgraciadamente. No protegió a Séneca de Nerón, ni protegió a las monjas de Videla, ni protegerá a nuestros hijos si solo queremos que sean iguales a nosotros. Ser un padre o una madre de verdad es aspirar a que nuestros hijos sean mejores que nosotros y no es con una educación elitista desde el jardín de infantes hasta el posgrado como lo lograremos.
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