miércoles, 20 de marzo de 2019
Sexeducation
Casi todas las miniseries y películas inglesas me gustan y Sexeducation me gustó mucho; porque parece una serie sobre el sexo en los adolescentes, pero en realidad es una serie sobre la amistad entre los adolescentes. Sobre esa cofradía que se forma entre los doce y los dieciocho años, antes de entrar a la universidad o de conseguir un trabajo o de casarse o de todas esas cosas juntas. La dos núcleos más dramáticos de Sexeducation es el protagonista cuando se pelea con su mejor amigo negro y cuando tiene que acompañar a su nueva amiga a abortar (legalmente, porque en Inglaterra el aborto es legal). Lo mejor que tiene Sexeducation no es que los adolescentes aprendan sobre sexo; cualquier adolescente hoy en día sabe más sobre sexo que cualquiera de nosotros en los noventa; lo mejor es que es una serie de rito de pasaje, de la llegada a la edad adulta, esa edad que nos es incómoda a los trece e incomodísima a los dieciocho, diecinueve, cuando ya llegamos allí. Esa edad en la cuál dejamos de ser hijos de alguien e incluso hermanos menores de alguien, que ya somos nosotros, esa edad en la cual las excusas y los llantos ya no funcionan; tanto es así que el personaje más admirable de Sexeducation es la nueva amiga del protagonista, esa adolescente bellísima pero que vive en un trailer en un campamento de homeless, cuya madre y hermano están perdidos por la droga y la delincuencia y que sabe que es inteligente y que es muy linda, pero también que es la persona más sola de toda la escuela. Y que solo tiene como arma su lengua rápida, su capacidad para estudiar y cierta coraza que todas las mujeres pobres desarrollamos bien rápido (aunque por supuesto no me comparo; yo siempre tuve una familia constituída, un sostén fundamental en la adolescencia, cosa que la nueva amiga del protagonista no tiene). Quizás el momento más verdaderamente dramático de Sexeducation sea cuando, en la clínica donde va a abortar, tiene al lado a una mujer que la dobla en edad que también va a abortar, y a quién va a buscarla la hija adulta. Y esta mujer que le dobla en edad le dice, sin maldad y casi sin tristeza, que lo terrible no es tanto abortar sino haber tenido hijos y no haber sido capaz de cuidarlos y que ahora su hija tenga que hacerse cargo de ella, como si fuera una criatura. Es el mejor momento dramático porque el problema de esa adolescente es justamente ese; que su madre y su hermano, los adultos de la familia, la dejaron a la intemperie antes de tiempo y ella ha quedado sin hogar antes de ser una adulta, y las únicas personas a las que puede recurrir son sus compañeros de escuela.
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