Llegué a Phillip K. Dick por Ridley Scott y Blade Runner, aunque debo confesar que no ví completa Blade Runner hasta el año 2017, cuando se estrenó su segunda parte. Y también ayudó mucho una nota en una revista El Péndulo donde Pablo Capanna revisita las mejores ucronías de la historia de la literatura, y entre ellas destaca El hombre en el castillo, aunque luego observa, con justeza, que El hombre en el castillo no es exactamente una ucronía, sino un mundo paralelo donde el Eje le ganó a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Desde ese día leí varios cuentos y novelas de Phillip K. Dick, y tengo que decir que el que más me impresionó es La segunda variedad. La segunda variedad es un cuento que en cierto punto anticipa a Matrix y Terminator; de tanto construir máquinas sofisticadas para la guerra, en un momento esas máquinas terminan rebelándose contra los hombres, les declaran la guerra, y se apoderan de la tierra. Los hombres terminan viviendo en la luna. Uno de los pocos sobrevivientes que hay en la tierra encuentra un día un niño. El hombre protege al niño, aunque desconfía de él, y al final descubre que tiene razón; el niño era en realidad un robot bomba, creado por las máquinas, pero no para destruir a los hombres, sino para destruir a otras máquinas. El agonizante pensamiento final del hombre es el de risa ante la ironía: las máquinas ya estaban creando máquinas para aniquilarse entre ellas. Supongo que cuando Phillip K. Dick escribió el cuento habrá sido leído como un cuento de ciencia ficción dura más; cuando yo lo leí ya era (tan extraño es el curso de la historia) una realidad. Muchas guerras ya no eran hechas por soldados, sino por satélites y misiles teledirigidos; muchos de los blancos de esos misiles (o, peor aún, muchos de los llamados daños colaterales) eran viejos y niños. Muchos de las bombas que explotaban en el mundo eran acarreadas por niños, que se inmolaban; no era una novedad en los noventa, la realidad de los niños soldados venía desde la Guerra de Vietnam o probablemente de antes. Otra película basada en un cuento de Phillip K. Dick que aparentemente es futurista pero que es pura realidad es Minority Report, de Steven Spielberg. Nuestro mundo es el mundo de Minority Report; hoy en día hay demasiadas personas que defienden la tenencia de armas sin restricciones, lo cual hasta ahora solo ha causado masacres, suicidios y asesinatos y más personas aún que se ofenden por un twitter o un chiste de Friends de ¡veinte años atrás!. Me encanta Friends, pero aunque no me gustara no conozco a nadie que se haya muerto por oír un chiste, y siempre está la posibilidad de no mirar Friends. A las personas ya no se las juzga por lo que hacen, sino por lo que dicen en redes sociales: pero en las redes sociales todos somos buenos padres, buenas personas y excelentes trabajadores: nadie va a hablar mal de sí mismo. Un peletero puede postear en las redes sociales que ama a los animales, y aunque los zorros que cría no compartan su opinión, probablemente para él sea cierto y se sorprendería mucho si alguien le dijera lo contrario. Nos hemos vuelto tan suceptibles ante nuestra imagen que ya no somos personas sino imágenes; no podemos tener contradicciones, no podemos odiar, no podemos pensar distinto a otras personas so pena de que nos acusen de ser poco menos que asesinos seriales. Eso no solo es bastante fascista; es bastante irreal. No conozco a nadie que sea infinitamente bondadoso y que ame a todo el mundo, y en cuanto a la contradicción, todos nos contradecimos todos los días. En cuanto a pensar distinto a los demás, todos los seres humanos pensamos distinto a los demás; sólo que no nos damos cuenta. El principio contra el que se rebela Minority Report es que un hombre o una mujer va a ser de determinada manera porque sus circunstancias lo obligan; si eso fuera cierto todavía viviríamos en cavernas. ¿Para que tomarse la molestia de ser animales racionales si nuestro destino está predeterminado por nuestra realidad? Esa es quizás la mayor pregunta que hacen los cuentos y novelas de Phillip K. Dick: los replicantes, el niño bomba de la segunda variedad, el detective de El reporte de la minoría. ¿Estamos destinados solamente a la masacre, al hipercontrol y al encierro? Si la respuesta es sí, Kafka tenía razón.
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