viernes, 29 de marzo de 2019

Un aire de familia. 35 parte


A la vida le gustan los largos parentésis: puede decirse que la vida de Samuel fue, durante todo el transcurso de la Segunda Gran Guerra, un largo parentésis donde se ocupó de cuidar que la madre de Bermaner no se enterara de que Margot no existía, vender telas y agujas y puntillas, jugar al ajedrez, beber café con leche con Eduardo Arramburu mientras este le mostraba sus (cada vez peores a criterio de Samuel)  poemas aforísticos (ya había publicado dos libros, ilustrados por Norah Lange) y además escuchar sus quejas ante la fama súbita y temible que iban logrando advenedizos como el hijo ciego y timorato del profesor Jorge Borges –difunto- y de su amiguito, ese mujeriego conspicuo al que se le había ocurrido una historita nimia, peor que cualquiera de Verne o de Lovecraft, y aparentemente algunos creían que era buena,  que se había casado con la hija rara de los Ocampo, y habían sacado una Antología de la Literatura Fantástica que era una vergüenza, donde osaban publicar cuentos propios y cuentos sufíes que eran peores que los propios y algún cuento malo de Wells. Y también iba Samuel dos veces a la semana al puerto y a los cafés donde se reunían los emigrados europeos. Así se enteró, dos días antes del desembarco en Normandía, que Hoffmann había sido apresado.  Se lo dijo un polaco; el famoso Hoffmann había caído hacía tres meses atrás en manos de la Gestapo y probablemente ya estaba muerto.  Samuel no se derrumbó cuando oyó esa noticia; su amigo Hoffmann parecía tener más vidas que un gato. Pero el polaco siguió hablando de notas y dibujos y al principio no entendió, pero cuando entendió se quedó mudo al lado del polaco y ambos se bebieron dos vasos de grapa y después Samuel despertó en la cama de una mujer andaluza, que apenas se despertó le dio su ropa arrugada y lo echó por el balcón. Samuel se vistió tapado por unos malvones y fue a trabajar. Pero a dos cuadras de Merceditas Merceditas se desmayó; lo volvió a la conciencia su patrón, con dos baldes de agua helada.
-       -   Como para estarse desmayando como una doncella con la cantidad de trabajo que tenemos- le dijo.
Pero Samuel estaba muy pálido y temblaba.
-         - Que ocurrió, parece que hubiera visto a la muerte.
Entonces Samuel habló. Le contó del polaco que sabía del arresto de Hoffmann; y le contó la otra cosa que el polaco le había contado; los dibujos y los relatos de los trenes. Los trenes llenos de judíos como si fueran vacas. Los trenes llegando a horario a las estaciones. Los trenes vaciados de seres humanos. Los seres humanos que se desnudaban y dejaban sus escasas pertenencias en las estaciones. Los seres humanos que entraban en cuartos y eran gaseados con veneno y eran tantos que tenían que cremarlos porque si los enterraran el olor de los cadáveres apestaría Europa.
Su patrón vomitó los huevos pasados por agua del desayuno.
-          -Tendría que viajar a Europa ya- dijo Samuel.
-          -Yo también- dijo su patrón.
Samuel lo miró con sorpresa.
-         - Mis tres hermanas y mi tía mayor están en Polonia- dijo su patrón. – Mis tres hermanas ya son mujeres viejas; eran mujeres viejas de treinta cuando yo, el benjamín de la familia, decidí venirme aquí con catorce años. Vine aquí porque un primo segundo me dijo del buen clima, de los huevos y de las mujeres bonitas y poco recatadas en una carta. Un imán irresistible para un chico de catorce, supongo. Pero ahora… Pero ahora no voy a viajar. Mis hermanas y mi tía ya están muertas, ya
deben estarlo... Si lo que cuentas...
Resopló.
- Si lo que cuenta el polaco es cierto.

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