A la vida le gustan los largos parentésis: puede decirse que
la vida de Samuel fue, durante todo el transcurso de la Segunda Gran Guerra, un
largo parentésis donde se ocupó de cuidar que la madre de Bermaner no se
enterara de que Margot no existía, vender telas y agujas y puntillas, jugar al
ajedrez, beber café con leche con Eduardo Arramburu mientras este le mostraba
sus (cada vez peores a criterio de Samuel)
poemas aforísticos (ya había publicado dos libros, ilustrados por Norah
Lange) y además escuchar sus quejas ante la fama súbita y temible que iban
logrando advenedizos como el hijo ciego y timorato del profesor Jorge Borges
–difunto- y de su amiguito, ese mujeriego conspicuo al que se le había ocurrido
una historita nimia, peor que cualquiera de Verne o de Lovecraft, y
aparentemente algunos creían que era buena,
que se había casado con la hija rara de los Ocampo, y habían sacado una
Antología de la Literatura Fantástica que era una vergüenza, donde osaban
publicar cuentos propios y cuentos sufíes que eran peores que los propios y
algún cuento malo de Wells. Y también iba Samuel dos veces a la semana al
puerto y a los cafés donde se reunían los emigrados europeos. Así se enteró,
dos días antes del desembarco en Normandía, que Hoffmann había sido
apresado. Se lo dijo un polaco; el
famoso Hoffmann había caído hacía tres meses atrás en manos de la Gestapo y
probablemente ya estaba muerto. Samuel
no se derrumbó cuando oyó esa noticia; su amigo Hoffmann parecía tener más
vidas que un gato. Pero el polaco siguió hablando de notas y dibujos y al
principio no entendió, pero cuando entendió se quedó mudo al lado del polaco y
ambos se bebieron dos vasos de grapa y después Samuel despertó en la cama de
una mujer andaluza, que apenas se despertó le dio su ropa arrugada y lo echó
por el balcón. Samuel se vistió tapado por unos malvones y fue a trabajar. Pero
a dos cuadras de Merceditas Merceditas se desmayó; lo volvió a la conciencia su
patrón, con dos baldes de agua helada.
- - Como para estarse desmayando como una doncella
con la cantidad de trabajo que tenemos- le dijo.
Pero Samuel estaba muy pálido y temblaba.
- - Que ocurrió, parece que hubiera visto a la
muerte.
Entonces Samuel habló. Le contó del polaco
que sabía del arresto de Hoffmann; y le contó la otra cosa que el polaco le
había contado; los dibujos y los relatos de los trenes. Los trenes llenos de
judíos como si fueran vacas. Los trenes llegando a horario a las estaciones.
Los trenes vaciados de seres humanos. Los seres humanos que se desnudaban y
dejaban sus escasas pertenencias en las estaciones. Los seres humanos que
entraban en cuartos y eran gaseados con veneno y eran tantos que tenían que
cremarlos porque si los enterraran el olor de los cadáveres apestaría Europa.
Su patrón vomitó los huevos pasados por
agua del desayuno.
- -Tendría que viajar a Europa ya- dijo Samuel.
- -Yo también- dijo su patrón.
Samuel lo miró con sorpresa.
- - Mis tres hermanas y mi tía mayor están en
Polonia- dijo su patrón. – Mis tres hermanas ya son mujeres viejas; eran
mujeres viejas de treinta cuando yo, el benjamín de la familia, decidí venirme
aquí con catorce años. Vine aquí porque un primo segundo me dijo del buen
clima, de los huevos y de las mujeres bonitas y poco recatadas en una carta. Un
imán irresistible para un chico de catorce, supongo. Pero ahora… Pero ahora no
voy a viajar. Mis hermanas y mi tía ya están muertas, ya
deben estarlo... Si lo que cuentas...Resopló.
- Si lo que cuenta el polaco es cierto.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario