jueves, 14 de marzo de 2019
Afroamericanismo visto desde el sur litolareño.
He contado que desde que era niña oí hablar de los negros africanos en la Revolución de Mayo, e inclusive en los actos patrios se les daba un lugar, pero que en Rosario, mi ciudad, no había negros. Porque para los argentinos el color de piel, la religión o la orientación sexual son tan casualidades como los gustos de comida. En Norteamérica se hizo una guerra civil por la esclavitud. En Argentina se decidió la libertad de vientres tres años después de la revolución de Mayo y nadie se opuso. Porque éramos pocos y ¿por qué íbamos a oponernos? La idea era liberarnos de España y, hay que decirlo, España no opuso demasiada resistencia. Mandaron algunas tropas, pero la verdad es que para España luchar contra sus colonias era demasiado. Lo mismo le pasó a Inglaterra cuando quiso invadirnos: les tiramos aceite hirviendo. Un navegante inglés puede luchar por la Reina contra muchas cosas: el frío, la nieve, los sioux, los caníbales. Contra el aceite hirviendo, y bueno, la Reina es rica, no va a ofenderse por un enclave colonial menos. Y estoy segura de que las que les tiraban aceite hirviendo eran mujeres como mi madre, como mi abuela y como mi tía; mujeres que sabían leer y escribir y sabían que la flema británica era tan flemática que si les tiraban aceite hirviendo iban a llorar, a maldecir a la reina y a sus padres, y a su dios, y se iban a rendir. Por eso no había negros en la Argentina cuando yo era chica: porque muchos de nosotros somos hijos de negros y de indios, españoles, después italianos y polacos y rusos e ingleses y después algún alemán o sueco, que cuando llegaba acá y veía que acá la tierra era fértil y el clima benigno se aquerenciaban. Y extrañaban muy poco Prusia o Hungría, porque esto era la famosa tierra prometida y que chillen los europeos.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario