martes, 5 de marzo de 2019

Recursos humanos

Somos una compañía grande ubicada en un edificio grande, de esos de cristal, ubicada en el centro de Londres. Nuestro nombre, St. Columbus SA, lo indica; principalmente vendemos seguros, aunque también tenemos una agencia inmobiliaria y una agencia de servicios domésticos temporarios. No entiendo muy bien porque estoy hablando en plural, porque no soy uno de los dueños de la empresa. Soy uno de los vendedores de seguros: no soy el mejor, pero me defiendo. No es un trabajo tan malo; cuando empecé en esto, el trabajo se hacía puerta por puerta y los dueños de casa no nos abrían. Ahora, por teléfono, solo tenemos que soportar que nos cuelguen el teléfono, mientras nos insultan. Son costumbres del oficio y nunca me lo tomo personal. Trabajo en el piso segundo, sector seguros contra incendio, robos y catástrofes inesperadas o "actos de Dios". ¿Que que es un "acto de Dios"? Es una definición más bien laxa de esas cosas malas que pueden ocurrirte, no tan malas como morirte o que se te muera un familiar o que tu hijo haya decidido volverse Youtuber, sino por ejemplo comprarte un yate de lujo, pura madera de cedro y bar en el interior, conseguir un hermoso lugar donde amarrarlo, haberlo bautizado Beyoncé, mostrarle las fotos a todos tus amigos y a todos tus enemigos para que todos ellos se mueran de la envidia y que a las dos semanas un tifón mezclado con una granizada te lo destruyan de tal manera que no haya forma de repararlo. Aunque ustedes no me lo crean, esta historia es verdadera y, aunque no voy a revelar el nombre del cliente, debo decirles que mientras le estaban extendiendo el cheque por una suma bastante considerable, y mientras su mujer se enorgullecía de sí misma en voz alta por haberlo convencido de asegurar ese barco del infierno (palabras textuales) el pobre hombre lloraba abrazado a la foto del yate, lo único que le quedaba de él. Una de las historias más tristes y memorables acaecidas en el segundo piso de St. Columbus S. A.
Hace dos días llegó la orden de que hay que reducir personal, según productividad; en cada piso, la persona menos productiva, la que menos seguros y productos vendía, debía ser despedida. En cada piso de nuestro edificio hubo revuelos y chismeríos, excepto en el nuestro: sabíamos perfectamente a quién despedirían. A Penderberst. Y no es que Penderberst fuera exactamente un vago ni una mala persona; todos queríamos muchísimo a Penderberst. Pero no servía como vendedor de seguros. Cada vez que un cliente lo insultaba, y le cortaba el teléfono. el pobre hombre se quedaba como alelado y un poco lloroso; pasaban cerca de quince minutos hasta que se recobraba y hacía una nueva llamada. Incluso con los clientes amables no funcionaba: una vez  estuvo hablando cerca de tres cuartos de hora con una muchacha que acababa de descubrir que su novio la engañaba con su prima. Al principio intentó venderle algún seguro, pero después terminó interesandose más en la historia de la chica - vivía cerca del café Prime, estudiaba informática- y aconsejándole que se olvidara del bastardo y que seguramente una chica bonita y encantadora como ella no tardaría en encontrar un hombre mucho mejor que su ex novio, que por lo que ella contaba era ligeramente analfabeto.
- Mejor así, piénsalo, querida- le estaba diciendo- dentro de unos años tu serás licenciada en informática, desarrollaras alguna app encantadora estilo Instagram y tu ex seguirá siendo un bru...
Fue en ese momento en el cual Bakun, nuestro jefe le cortó el teléfono. Bakun lo miró con una espantosa mirada severa, la mirada que nadie quiere ver.
- ¿Qué está haciendo, Penderbest?
- Hablando con una posible clienta- contestó Penderbest, tartamudeando un poco.
- Primero de todo, no los llamamos clientes, sino socios asegurados. Segundo, no lo oí en ningún momento referirse a ningún seguro ni a ninguno de nuestros servicios. Tercero, está prohibido mantener conversaciones personales con ningunos de nuestros posibles futuros socios asegurados. Podría tomarse como acoso sexual.
Penderbest tragó saliva. La verdad, lo último era casi risible; Penderbest le estaba dando a la chica los mismos consejos que mi bisabuela Martha le hubiera dado en la misma situación y nadie jamás en su sano juicio podría pensar que los consejos que daba mi bisabuela Martha tuvieran algo que ver con la palabra "acoso" y muchísimo menos con la palabra "sexual".
- Espero una conducta más profesional de usted, Penderbest- fue lo último que dijo Barkus. Y se fue. Penderbest se quedó rojo y no trabajó por un buen rato. Incluso creo que ese día se fue antes a su casa, alegando que uno de sus hijos participaba en un torneo de cricket.
Entonces cuando llegó la orden de despedir a una persona por piso todos sentimos lástima por el pobre Penderbest. El era el único inconsciente de que era el pato de la boda; incluso Rhamalaya, que suele ser feroz con todos nosotros, ni siquiera gritó cuando Penderbest le tiró dos veces en el mismo día, sin querer, el chai latte sobre la pollera blanca. No hay problema, le dijo entre dientes, con furia contenida.
Esta mañana Bakun llamó a Penderbest a su oficina. Todos esperábamos que al rato saliera Penderbest compungido, cabizbajo, que recolectara las fotos que tiene diseminadas en su escritorio junto con las tres figuras de arcilla que le hizo su hija menor para Navidad, que se despidiera de nosotros con un saludo amable y que bajara el ascensor.  Habíamos planificado que alguno de nosotros fuera a visitarlo a su casa esa noche, y que le llevara una canasta de frutas de parte de todos. Habíamos averiguado y no era tan cara.
Grande fue nuestra sorpresa cuando el Penderbest que salió no estaba compungido ni cabizbajo ni juntó las fotos sino que se sentó en su lugar, algo satisfecho de sí mismo y tomó el teléfono, para intentar vender sin éxito seguros contra incendio y accidentes. Todos nos miramos atónitos, y empezamos a murmurar entre nosotros. La que murmuraba más fuerte era Rhamalaya.
- El idiota me arruinó la falda Dolce and Gabanna. Y no le dije nada porque lo iban a despedir. El chai latte no sale con nada; encima este tenía jarabe de chocolate.
- ¿Quién le pone jarabe de chocolate al té? Merecerías ir al infierno por eso- dijo Evoria.
- Ocurre que no tengo necesidad de hacer dieta, como otras personas.
- Oh, eres una budista llorona. La peor clase de budista.- le respondió Evoria.
- ¿Me hablas de llanto a mí? Soy una budista hindú resiliente.
- Por favor- dijo Evoria- Tu familia tiene más dinero que la mía. Deja de hacerte la pobre hindú sofocada por el imperialismo británico porque si tu tío mayor quisiera podría comprar todo este edificio para construir una pagoda podría hacerlo.
- Evoria, Rhamalaya, dejen de pelarse- dijo Bakun. Estábamos todos tomando café en la sala multifunción, que en realidad es la cocina, pero es indudable que sala multifunción suena mejor. Cuando lo vimos a Bakum, ninguno quería preguntar, pero Evoria se animó a hacerlo.
- ¿Por qué no despediste a Penderbest? Ya era una decisión tomada. Habíamos hablado ayer a la tarde.
Bakun nos miró a todos con cierta desesperación.
- Ah, es eso. Por eso están discutiendo.
- Claro- dijo Evoria.- En todos los otros pisos ya se ha ido la persona menos productiva. ¿Por qué no en el nuestro?
- No pude- dijo Bakum.
- Eres el jefe de sección. Yo no puedo despedir a Penderbest. Gilligan- se refería a mí- no puede despedir a Penderbest. Y hay que despedirlo: es la persona menor productiva de la sección. No solo eso: es la persona menos productiva de la empresa. Además- en ese momento Evoria bajó la voz- si no lo haces sabes lo que pasará. Vendrá Lorna. Y lo despedirá.
- Es lo que va a pasar. Acabo de llamar a Lorna.
Rhamalaya lo miró sorprendida.
- ¿Llamaste a Lorna?
- Baja en diez minutos.
Ah, Lorna Mc Andall. Mitad escocesa y mitad galesa. Graduada suma cum laude en Maestría en Recursos Humanos y Maestría en Managment of Business en Harvard y Yale respectivamente. Un metro setenta y cinco de estatura, con mejor figura que Eva Green y más elegante que Jaqueline Kennedy. Veinticinco años y nuestra jefa de Recursos Humanos. Pero todos sabíamos que no sería jefa de Recursos Humanos por mucho tiempo: ella misma decía que su plan era ser head hunter en alguna compañía tecnológica de punta, como Apple o Google. Pero si no tenía algunos años de trabajo en su currículum, no tenía muchas esperanzas de entrar. Lorna se encargaría del trabajo: despediría a Penderbest pero sin hacerlo sentir demasiado mal. Le daría palmadas en la espalda y quizás ella misma le enviara (a modo personal) algún regalo a su casa mejor que la canasta de frutas, como por ejemplo peluches para sus hijos y algún libro autografiado para su esposa. Sin duda, era mejor que a Penderbest lo despidiera Lorna. Todos suspiramos aliviados.
Lorna bajó, con un traje sastre violeta (borravino según la opinión de Evoria) y entró a la oficina y Bakum le hizo una seña a Penderbest y le indicó que entrara.
Esta vez pasó más tiempo, en eso coincidimos todos.Es más: si Penderbest no hubiera sido Penderbest y Lorna Mc Andall no hubiera sido Lorna Mc Andall, hubiéramos sospechado que estaban teniendo sexo. Pero la idea de que Lorna Mc Andall pudiera siquiera concebir la idea de que Penderbest, con sus camisas mitad nylon y mitad algodón y sus corbatas con estrellitas y sus (muchas) libras de más le resultara no digamos sexy sino remotamente atractivo era inconcebible para todos nosotros. Sin embargo, incluso Bakum parecía preocupado y miraba constantemente su reloj.
De pronto salió Penderbest. No estaba lloroso ni juntó sus fotografías, ni se despidió de nosotros, pero eso no nos sorprendió tanto. Al rato salió Lorna; seguía estando impecable, pero se la veía vieja y derrotada. No tomó el ascensor, sino que fue a la sala multiusos y se preparó un café. De pronto a todo el piso segundo de St. Columbus S. A. se le antojó buscar algo en la sala multiusos. Mi excusa fue una lata de Fanta.
- Ms. Mc Andall...- dijo de pronto Bakum.
- No me diga nada- dijo Lorna.- Estoy preparada para estas contingencias. Le aseguro que estoy preparada. Además ¿usted sabía lo de Marmalade?
- ¿Qué? ¿Qué es Marmalade?
Lorna Mc Andall lo miró con furia.
- Es muy fácil para un hombre enviar a una mujer a hacer el trabajo sucio y después quejarse de que ella no lo puede hacer. ¿Seguro que no sabía lo de Marmalade?
Si Bakum hubiera podido ponerse pálido se hubiera puesto pálido; pero como llegó desde Kenia a los cuatro años su piel adquirió un tono grisaceo, se ajustó la corbata, miró inútilmente a nuestras caras, buscando algún tipo de ayuda y contestó:
- No sé quién es Marmalade. ¿Es - carraspeó, tirando un palo de ciego- la amante de Penderbest? ¿Es otra empresa?
- Por favor- le contestó Lorna Mc Andall- ¿usted se imagina que un hombre como Penderbest podría tener una amante? Además ¿por qué me lo iba a contar a mí? Soy la jefa de Recursos Humanos. No, Marmalade es o era la mascota preferida del hijo mayor de Penderbest. Un chanchito de Guinea, de dos colores. Se escapó de su jaula hace una semana y toda la familia lo estuvo buscando hasta esta mañana. Esta mañana Penderbest descubrió que había aplastado a Marmalade cuando entraba a su garage anoche. Su hijo mayor, de once años, estaba al lado de él cuando lo descubrió. ¿Sabe como sé todo esto? Porque antes de poder siquiera mencionar la palabra despido Penderbest me la contó entera. Esta noche su familia y él van a enterrar solemnemente a Marmalade y, antes del entierro, Penderbest planea pasar por una juguetería para comprarle un monopatín, un casco y rodilleras a su hijo. Evidentemente piensa que andar en monopatín es un deporte de alto riesgo; creo que si algún día su hijo hace surf le va a dar un infarto.
A esta altura no solamente Bakum, sino todos nosotros escuchábamos asombrados la increíble historia de Lorna Mc Andall. Evoria, que no puede estar mucho callada, acotó:
- Odio los chanchitos de Guinea.
- Yo también- dijo Lorna Mc Andall.- ¿Saben quién no los odia?- sacó su celular, un I Phone de última generación- Fionna, mi única sobrina. Se fue con sus padres a vivir a Japón y me dejó a Jam, su única mascota y su tesoro más preciado. Su adorada chanchita de Guinea de dos colores. - y nos mostró la foto de un chanchito o mejor dicho chanchita de Guinea, con un vestido rosa, en una jaula celeste pastel.
- ¿Eso que tiene puesto el chanchito es un tutú?
- Si- contestó Lorna. - Pobre Jam. Ya no lo usa más, claro. Pero por suerte no tiré nada de la ropa que Fionna le compró. ¿No entiende ahora porque no pude despedir a Penderbest?
- ¿Porque es muy difícil despedir a Penderbest?- arriesgó Evoria.
Lorna Mc Andall la miró con mucho odio. Creo que en ese momento la vida de Evoria corrió serio peligro, y por las dudas, agarré a Evoria del brazo.
- No. Es mi oportunidad. Mi oportunidad de que Jam tenga una vida mejor y, sobre todo, de que yo tenga una vida mejor. Odio a esa chanchita, pero si algo le pasa Fionna me va a detestar toda su vida. Logré, después de mostrarle todas las fotos de Fionna y la única que tengo de Jam en mi celular que Penderbest me invitara al entierro de Marmalade. Planeo aparecerme con mi mejor traje de Burberry, la jaula, la colección de vestiditos de Jam y Jam. ¿Que clase de chico no querría tener una mascota como Jam, que incluso tiene mas pedigrí que yo, sin contar con una jaula que incluye gimnasio y bebedero, y que empleado rechazaría el regalo de la jefa de Recursos Humanos de la empresa donde trabaja? Todos salimos ganando.
- Pero- murmuró Bakum- usted sabe que Penderbest es probablemente el peor empleado de St. Columbus.
. Prioridades son prioridades- lo cortó Lorna.- Además, un empleado más, un empleado menos. ¿Ustedes realmente piensan que los dueños de esta sociedad anónima se van a dar cuenta de que Penderbest es un empleado redundante en este piso? Yo ni siquiera sabía quién era hasta ahora y supuestamente tendría que haberlo sabido. Lo de Jam es muchísimo más importante. Fionna me obliga a mandarle pruebas de vida por Skipe dos veces a la semana. Y a comprarle un vestido nuevo cada mes. Sin contar que tengo que alimentarla y cambiarle la viruta de madera. No estoy hecha para estas cosas. Si la familia Penderbest adopta felizmente a Jam, voy a ser la mujer más feliz sobre el planeta tierra.
Lorna Mc Andall se levantó. Tiró el vaso de café a la basura y nos miró.
- Ahora tengo que irme. Hoy voy a salir más temprano: tengo que preparar la jaula, a Jam, los vestidos y a mí. ¿Qué color es el más apropiado para el entierro de un roedor?
- ¿Chocolate oscuro?- acotó Rhamalaya.
- Claro, chocolate oscuro. Perfecto. Tengo un Burberry en chocolate oscuro. Además, las manchas no se notan. Bueno, probablemente no vuelva verlos hasta el cumpleaños de nuestra empresa, en setiembre, así que hasta pronto.
Y así nos abandonó Lorna Mc Andall. Ninguno de nosotros sabía que decir, excepto Rhamalaya, que parecía bastante más feliz que antes.
- Voy a comprarme una falda Burberry en color chocolate oscuro. Cuando cobre el sueldo.
En eso entró Penderbest. Parecía soñoliento y atribulado. Más soñoliento que atribulado.
- Una señora agradable esa tal Mc Andall. Y un poco extraña- nos dijo, sacando su sandwich de la heladera- En cuanto se enteró que maté  a  la mascota de mi hijo con el auto, se interesó demasiado y hasta insistió en que la invitara al entierro. Bah, entierro, una caja de cartón, y esas cosas. Por supuesto, la invité. Espero que mi esposa no se ponga celosa. Es demasiado delgada para mi gusto: es más delgada que Eva Green.
- No, no creo que se ponga celosa- dijo Barkum- ¿Tuviste suerte, vendiendo algún seguro?
- No, ya sabes, la recesión, la crisis, el Brexit. Pero ya vuelvo al trabajo.
- Así me gusta- dijo Bakum- Ya sabes, profesionalismo ante todo. Nuestra empresa es nuestro segundo hogar.

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