Cuando era pequeña quería ser poeta y veterinaria.
Ahora no sé que es ser poeta.
Mis gatos duermen y bostezan,
mis perras ladran,
mi hijo envejece y
mis flores se marchitan;
cada cosa que he nombrado
ha caido en el vacio
en el inequivoco arte
de perder y ya
se cual va a ser el final
de mi poema, mas no me quejo, porque dejo las
quejas para los desgraciados.
No para los tristes,
sino para los verdaderos desgraciados,
los que murieron a los tres atropellados por un auto,
o a los siete por una bala perdida,
o a los quince por una sobredosis,
o a los veinte por un amor turbio
o a los treinta por sobredosis de trabajo.
Me quejaré mañana cuando el sol salga y sea lunes
y tenga que volver a olvidar
que de niña quise ser poeta.
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