jueves, 14 de marzo de 2019
Maria Domecq
Es una excelente novela de Juan Forn (por el libro pude enterarme que el abuelo de Forn era catalá y por lo breve del apellido deduzco que era de la alta alcurnia barcelonesa: vamos, coño, que para el abuelo de Forn Joan Manuel Serrat era un arribista) y su descripción de la clase alta argentina es excelente. En U. S. la novela El Gran Gatsby es una tragedia, porque allí casi todos son muy ricos. En Argentina sería una comedia de Dario Vittori. Susana Gimenez y Maradona tienen más dinero que los descendientes de Belgrano, de Saavedra y de Liniers, y nadie osaría protestar porque para nosotros Maradona es Maradona y Susana Gimenez es Susana Gimenez. El drama en el Primer Mundo es que recién podés empezar a pensar en tener hijos después de los treinta años; tengo compañeras de trabajo de cincuenta años que son bisabuelas. En Francia o en Connecticut un hijo es muchísimo; aquí en Argentina si una tiene un solo hijo, se le pregunta: ¿por qué uno solo? Y, curiosamente para el Primer Mundo, son mujeres tan cultas y preparadas como las del Primer Mundo, solo que viven aquí y aquí a nadie se le ocurriría pensar que una mujer no puede ser médica pediatra por el solo hecho de ser mujer. En casi todos los países con mucha historia se admira el arbol genealógico; como aquí en Argentina no hay nadie que sepa a ciencia cierta si su abuelo fue su abuelo o no, estamos todos bien en ese sentido, como diría una película. Nadie pregunta demasiado ni hace ADN. Y es por eso que la visión que los argentinos tenemos de nuestras clases altas son bastante vergonzantes: reflejan lo que somos. No somos Susana Gimenez ni Maradona, por eso los defenestramos: porque ellos pueden decir que no, que sí o que tal vez y nosotros estamos encaprichados con ese primer mundo que admira a personas como Susana Gimenez o Maradona.
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