miércoles, 27 de febrero de 2019

Raras coincidencias atemporales

Entre las mejores novelas que leí en 2017 está Las Tres Bodas de Manolita, de Almudena Grandes, que es parte de su ciclo Episodios de una Guerra Interminable, y que tiene una rara particularidad: uno de sus protagonistas es un infiltrado entre los republicanos, un delator del franquismo y Las Tres Bodas de Manolita es tan buena novela que el delator nunca es desemascarado, ni juzgado por sus pares, que solo se dan cuenta quién era el infiltrado cerca de cuarenta años después de ocurridas las delaciones. El personaje en cuestión muere de viejo, y sus antiguos camaradas no tienen la oportunidad de repudiarlo públicamente, porque a pesar de que por culpa de él varios de sus compañeros y compañeras murieron durante y después de la Guerra Civil, hace años que no lo ven, perdieron contacto con él y él también perdió contacto con ellos.  El derrotero de este personaje luego de apartarse de su núcleo original es, casi lógicamente, seguir siendo un delator del franquismo; pero como Almudena Grandes no es solamente una gran escritora de novelas históricas, sino a secas una gran escritora sigue a su personaje sin escandalizarse demasiado (después de todo, la historia real del siglo XX está saturada de delatores) y solamente nota en los hechos que en un momento dado de los hechos este personaje se topa de bruces con la historia: cuando deja de ser joven y se vuelve un viejo, se encuentra con que las personas de la resistencia al franquismo que está delatando son los hijos de la falange española. Es decir: los hijos de las personas que habían sido tibiamente o radicalmente profranquistas durante la Guerra Civil e inmediatamente después y que habían fusilado, torturado y encarcelado a opositores a destajo, eran ahora quienes se oponían al régimen de Franco. Lógicamente, cuando les empieza a pasar este dato a sus antiguos jefes franquistas, estos optan por dejar de utilizarlo, al menos para infiltrarse; menudo lío podía llegar a armarse en la España de Franco de los sesenta si este dato salía a la luz pública. Lo siguen utilizando, pero para otras actividades más pragmáticas.
Cuando leí Las Tres Bodas de Manolita tuve la sensación algo incómoda de haber sido testigo de algo parecido. Tuve que rebuscar mucho en mi memoria para darme cuenta de que era. En un primer momento pensé en un recuerdo de tipo literario e histórico: la narrativa acerca de la lucha armada en los sesenta y setenta en Argentina, donde se da cuenta de que muchos de sus protagonistas eran los hijos de quienes habían aplaudido el golpe de estado de 1955. Quizás el arco histórico más contundente para mostrar esa lucha entre generaciones sea el destino de los Lugones; el poeta que apoya el golpe de Uriburu del '30 y que se suicida en el Tigre, el hijo policía que inventa la picana eléctrica, la nieta montonera que desaparece durante los setenta. Pero aunque eso ha sido señalado innumerables veces por historiadores, periodistas y escritores, en mi caso al menos no era una memoria concreta; la década del sesenta y del setenta pertenecía a la juventud de mis padres, que curiosamente -y aunque no dudo que debe haber sido una época espantosa- la recuerdan ahora con mucho cariño; no hay nada que alegre más a mi madre, que no es precisamente una persona alegre, que escuchar música del Club del Clan o de Los Iracundos. Yo no tengo casi memorias de los años setenta y muy pocas de la dictadura; mis primeros recuerdos ligados a la historia argentina son la Guerra de Malvinas. Además, el arco histórico que es revisitado tantas veces en los historiadores especializados en esas décadas, pertenece a una clase social a la que yo, definitivamente, no pertenezco; la mejor definición de la clase social a la que pertenezco la dió el Indio Solari,que cuando los Redonditos de Ricota empezaban a sonar para definir que era la autogestión que tanto defendían decía: un par de cheques en blanco de algún empresario y nos fundimos. Ese es el espíritu con el crecí durante toda mi infancia. Mi madre siempre me ha acusado - con toda la razón- de ser insoportablemente distraída, pero siempre supe perfectamente que si a mi padre lo echaban del trabajo o dejaba de hacer changas o si no le pagaban el sueldo por tres meses a mi madre pasaríamos de ser una familia tipo obrero proletaria a una familia de indigentes. Y eso que erámos tan económicos que nuestras vacaciones eran en casas de familiares. Para mis padres incluso ahora cualquier gasto que no involucre comida, impuestos, transporte o salud es un gasto de más. Si uno es pobre durante toda su infancia y adolescencia, la pobreza no es algo escandaloso ni tan traumático como mucha gente de clase alta o media alta insiste en pensar; éramos pobres, pero comíamos todos los días, íbamos a la escuela y a veces incluso al cine. Más de lo que tenían muchas personas en los ochenta y noventa.
Me di cuenta algo tarde entonces de a qué me hacía acordar el personaje delator de Las Tres Bodas de Manolita, porque era una memoria que si tengo fresca, aunque pasaron sus buenos veinticinco o veintiseis años. A Bernardo Neustadt; aunque no lo acuso de delator, porque Neustadt siempre fue tan abiertamente reaccionario (Eduardo Feinmann o incluso Baby Etchecopar serían considerados de izquierda por Bernardo Neustadt) que nadie puede imaginárselo infiltrándose en una reunión trotskista o siquiera socialista; en cinco segundos lo hubieran echado a patadas. Pero durante los años de la dictadura militar Bernardo Neustadt fué, quizás mucho más que Mariano Grondona, el faro político televisivo de nuestro país, lo cual no debería enorgullecernos. La pregunta, dirigida a los padres, ¿Usted sabe donde están sus hijos ahora? sonaba y sigue sonando especialmente perversa, principalmente porque esos hijos a los que Neustadt aludía no eran párvulos de jardín de infantes, sino hombres y mujeres mayores de edad, que muchas veces se habían peleado con sus padres a causa de su militancia política y se habían ido de sus casas natales a causa de ella; e incluso si no lo habían hecho, la realidad es que después de una cierta edad (digamos los diecisiete, dieciocho) uno no puede preguntarles todo el tiempo a los hijos donde están, que están haciendo, a quién van a votar, que van a estudiar, y quiénes son sus amigos. La pregunta de Neustadt era pura insidia: presentar a la juventud como el gran problema del país, pero además culpabilizar a los padres de esa juventud por lo que los jóvenes hacían, como si todos los jóvenes fueran iguales -debe haber habido tantos jóvenes de derecha en los setenta como ahora- y además como si los padres supieran siempre lo que los hijos adultos hacen: sospecho que el padre y la madre de Neustadt muchas veces no supieron donde estaba ni que hacía durante su juventud. Pero durante la dictadura militar esa frase funcionaba perfectamente; era mediática (para los que creen que el poder de los medios data de la invención de Facebook), era contundente, parecía inteligente e incisiva, y sobre todo, estaba ajustada al canon de la época. La juventud era toda pelilarga, subversiva, y, especialmente, peligrosa y la culpa era, freudianamente, de los padres.
Lo raro era que en los noventa Bernardo Neustadt seguía siendo el faro político mediático de la Argentina. Todos los políticos  (incluso muchos de izquierda) amaban ir a debatir al programa de Bernardo Neustadt, y sus debates, supongo, eran muy parecidos a los que hacían durante la década del setenta. Y sin embargo para los adolescentes que nos interesábamos en la política (éramos poquísimos: la idea principal de la política en los noventa para los adolescentes y jóvenes,  sostenida por el rock, pero también por la posmodernidad, la literatura en boga y el cine, era que todos los políticos eran malvados y corruptos, todos los policías eran inútiles y corruptos, todos los gobiernos eran malvados y corruptos, y que nosotros erámos muy buenos y rebeldes porque escuchábamos a Sumo o Señor Cobranza en la versión de la Bersuit, y putéabamos a Menem y a Duhalde; un par de veces intenté discutir con un par de personas para intentar explicarles que si Menem y Duhalde eran gobernantes era porque los argentinos los votaban y no solo los votaban, los reelegían; después me cansé y me puse a leer a Alejo Carpentier, que al menos tiene la ventaja intríseca de ser más inteligente y más dialéctico que yo y además tiene mejor vocabulario) había algo farsesco en los debates políticos televisivos que Neustadt proponía en prime time. Los políticos ya no creían demasiado en sus discursos, los economistas parecían repetir fórmulas de libros del siglo XVIII, los empresarios declamaban un discurso tipo fiesta empresarial de fin de año, los sindicalistas lloraban o invocaban el fantasma de Perón - que llevaba ya sus buenos veinte años muerto- e incluso los artistas
"representativos" eran pura desilusión: Piazolla diciendo que si ganaba Menem se iba del país y festejando el menemismo meses después es prueba de eso. Y aunque Neustadt intentara seguir con su frase muletilla de los setenta, intentando espantar a los padres con la juventud noventista, que aparentemente había pasado de ser peligrosamente bolchevique y terrorista a drogadicta, rockera y lumpen, con lo cuál el país se acabaría probablemente en el dos mil o a más tardar en el dos mil uno, la culpa paterna ya no funcionaba como en su edad de oro. Había muchísima droga en los noventa, eso era cierto, y los adictos que se morían se podían contar de a miles, pero también se morían miles de hambre o esperando la atención médica en hospitales vacíos de gasa y de médicos o por falta de vacunación o en accidentes de tránsito. Si alguien quiere contemplar alguna vez una década donde se destruyó la estructura estatal completa de un país y se pidió deuda en dólares para financiar la timba financiera y los viajes al exterior que contemple la economía argentina durante la década del noventa. En cuanto a la acusación de lumpenaje hacia la juventud noventista es desgraciadamente cierta, aunque hay que agregar que no solo los adolescentes y jóvenes eran lúmpenes durante los noventa; también eran lúmpenes los adultos, los viejos y los niños. Trabajar era un verbo mítico: la mejor esperanza que tenía alguien de trabajar era conseguir un empleo en alguna dependencia estatal, sea escuela, hospital, ministerio o secretaría y ayudar a administrar la miseria o escribir informes relatando esa miseria. Y no hablo de miserias humanas, siempre existentes, sino de miseria real y concreta; la pobreza en los noventa era algo tan concreto que la gente que vivía en casas de dos plantas nos resultaban potentados al estilo Ricky Ricon. Por eso, creo yo, más que por su apoyo a la dictadura, Bernardo Neustadt fue descendiendo lentamente del podio de los grandes periodistas políticos mediáticos; su personaje Doña Rosa, que en los años setenta podía ser imaginada como un ser real y concreto (y tiene mucha verosimilitud; a lo largo de mi vida he conocido a multitud de mujeres y de hombres con pensamiento Doña Rosa) en los noventa era un mal chiste; la doña Rosa de los noventa tenía al marido desocupado, o trabajando de portero en algún EEMPA, sabía perfectamente donde estaban sus hijos (escuchando los Piojos en el walkman mientras repetían tercer año de la secundaria), intentaba vender Avon y cuando podía compraba dólares mientras cuidaba a su madre que se había ido a vivir a su casa cuando le habían cortado la luz en la suya por falta de pago. Seguía seguramente escandalizándose por la corrupción de los políticos, por los desmanes de Charly García, por el cese del servicio militar obligatorio y seguramente seguía repitiendo con sus vecinos que todo tiempo pasado fue mejor, y que no entendía porque se hablaba a los militares, si eran los que habían traído orden a la Argentina, pero su discurso ya no calaba muy hondo que digamos en la sociedad; Susana Gimenez había pasado de ser una diva escandalosa a una diva canónica, las muchas amantes del presidente hablaban de su relación con él en los programas de chimentos, muchos artistas ya no ocultaban su homosexualidad y nadie los condenaba por eso, y los rockeros que ella detestaba eran los que sus propios hijos copiaban letras en cuadernos. Astor Piazolla, gorila y reaccionario, probablemente era mucho mejor músico que Ricardo Mollo o Hilda Lizarazu; pero la verdad es que en los noventa Piazolla era demasiado músico para la realidad argentina; el sueño dorado de los noventa era componer un hit de verano que le hubiera parecido malo a Leo Dan, salir en el programa de Marcelo Tinelli en alguna cámara oculta o en su defecto como columnista en el programa de Lucho Avilés y para un político, ser mencionado como corrupto del año en el programa de Lanata, mientras se mostraba su sospechosa mansión con pileta desde una toma aérea. Así estábamos, y si hay algo que me alivió del kirchnerismo, de la famosa krispación y de la famosa grieta fue que después del gobierno de Nestor Kirchner y del de Cristina Fernandez se dejó de discutir (en radios, en programas de televisión y en la mayoría de los diarios) de pavadas y se volvió a discutir de política y de economía.Creo que eso fue el golpe de gracia para el estilo político mediático de Bernardo Neustadt y por eso lo identifico con el delator franquista desactualizado de Las Tres Bodas de Manolita; un personaje que en un momento dado representa casi perfectamente el pensamiento medio reinante, pero que veinticinco o treinta años después es, el y sus televidentes, e incluso sus entrevistados, una parodia de sí mismo.



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