En el prologo elogioso hacia La Vida Entera, novela de Juan C.Martini, Cortázar observa que lo más asombroso en esa novela pesadillesca suburbana y terrible es la ausencia de la policía. Eso es algo a lo que los argentinos estamos acostumbrados; a que la policía y la justicia sean tan lábiles al poder de turno que es inexistente. Un secuestro, una violación, un asesinato, una red de trata de mujeres, de explotación de obreros o de narcotráfico son investigados y desmantelados siempre y cuando sea conveniente, es decir,que no afecte a gente poderosa en un momento determinado. Eso no puede ser así; eso es Tercer Mundo. La policía está subordinada a la justicia y la justicia es el tercer poder porque es imparcial; porque es el último recurso de cualquier persona si ha sufrido un crimen; porque es (metafóricamente) ciega. Pero en Argentina, desde que soy una niña, la policía no existe prácticamente. La policía "libera" zonas. La policía "arregla" con narcos y con proxenetas y con desarmadores de autos. La policía aprieta (es decir tortura) para sacar información. La policía tira chicos al Riachuelo para divertirse. Y la justicia cajonea y espera que algunas causas prescriban. No se puede vivir en un país donde la policía y la justicia no existen o existen a veces, para algunos y otras veces para otros. Una justicia de calidad y una policía profesional es lo mínimo que se puede pretender. Pero también, de parte de los ciudadanos, dejar de pensar que coimear a un policía o a un juez es unna "avivada" y dejar de pensar que existe realmente la "justicia por mano propia". Los ciudadanos argentinos no somos jueces ni somos policías; debemos dejar de creernos grandes justicieros y exigir que la justicia sea un tercer poder real e imparcial y que la policía no sea corrupta. Y que cuando cometemos una infracción o un delito debemos pagar por él, seamos el hermano del presidente, un actor famoso o un albañil; una mucama cama adentro o la dueña de una tienda de indumentaria famosa.
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