jueves, 14 de marzo de 2019
De como mi madre es una bruja que haría llorar a Beatriz Sarlo
Era yo adolescente, inocente, usaba trencitas, admiraba a Pizarnik, a Poe y a García Marquez y a Vargas Llosa y a Arthur Conan Doyle. Y también a Louisa M. Alcott. Y, claro, a Borges. No hay escritor argentino que no admire a Borges y que no piense, que lástima que era ciego, porque si no lo invitaba a un duelo criollo. Creo que hasta Ana María Shua piensa eso, y que si nunca lo hizo fue porque queda muy mal una mujer pegándole a un ciego y sabe que nunca va a conseguir novio de esa manera. Y yo escribía mucho: pero cuando le mostraba mis poemas, cuentos y novelas a mi mamá ella me decía: bien, hija, pero estás imitando a García Marquez. O si hacía un poema me decía: está bien, pero ¿por qué esta palabra tan pretenciosa? Buena crítica literaria mi mamá. Nunca me enojé con ella por eso; es mi mamá, es lo que las mamás hacen, criticar a sus hijas mujeres, pero sin crueldad. Pero un día leí un cuento en Página 12 de Guillermo Saccomanno. Y mi mamá lo leyó también. Y mi mamá me dijo como entrecortando la respiración: que bien que escribe ese hombre. Lo mismo que yo había pensado. Que había un gran escritor en ese cuentito de Página 12 del que no hablaban todavía los manuales de literatura. Sabía que Saccomanno era amigo de Carlos Trillo y que se dedicaba a la especialidad historieta de detectives negra, y me di cuenta de algo: de que todos los argentinos somos, potencialmente, grandes escritores. Mi novela Primera Sangre, y su protagonista, el Hacha Trados, es un homenaje al pequeño gran escritor que existe en cada argentino: incluso en un ama de casa, incluso en un centrojás, incluso en un gris oficinista. Porque ser un gran escritor es ser Saccomanno; La lengua del malón, Cámara Gesell, 77. Es definir en una novela lo que los argentinos sentimos cuando terminó la dictadura, porque los argentinos somos de pocas palabras, afortunadamente: Nunca más.
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