lunes, 1 de abril de 2019

Rosas y guirnarldas

Cuando se fueron los patrulleros, esperé tres días. Y fuí al departamento de Villa Crespo, no a la casa de Tortuguitas; asumí, con cierta sabiduría que me han dado doce años de trabajo en sección policiales, que en el chalet estilo Courbisier de Tortuguitas, con sus dos piletas, su césped y sus ficus, y sus rosas y guirnaldas del cumpleaños del nieto mayor, secándose ahora, marchitándose, no habría nadie salvo algún policía aburrido patrullando y algún vecino curioso espiando. La cinta amarilla canónica alrededor del lugar y, claro, el fastidio de varios porque esto había ocurrido en su barrio cerrado. Hace dos días entrevisté al comisario encargado del caso: el imaginario social necesita imaginarse a los comisario como seres gordos, inútiles e ignorantes. Menessi incumple cada una de estas normas; es muy delgado, le encanta su trabajo y lo hace bien y ha hecho cuanto curso de balística, grafología, psicología criminal, psiquiatría, y ley penal existe. En su despacho en la comisaría tiene, incluso, veinticinco libros de detectives (desde Poirot a Maigret) que lee en los tiempos muertos de su oficio. Es frecuente que nos veamos, pero los crímenes por los cuáles nos vemos generalmente ocurren fuera del country; no porque en el country no haya crímenes, sino porque los habitantes del lugar siguen la vieja sigla los trapos sucios se lavan en casa y Menessi sabe que esto es así y que además si se inmiscuye puede perder el trabajo. Con menos ironía que tristeza, me dice que quizás en otros países sea una verdad revelada que detrás de una gran fortuna hay un gran crimen; en este país detrás de cada fortuna hay varios crímenes: si la fortuna es vieja hay crímenes viejos, pero también recientes y muy recientes; si la fortuna es nueva, los crímenes al menos han ocurrido hace apenas quince o diez años. Y mejor no preguntar demasiado. Pero esta vez había sido imposible no actuar. Porque las pruebas no solamente le habían llegado a él: le habían llegado a tres periodistas policiales de tres redacciones distintas. Yo era una de ellos; Barraza, de La Voz del Interior y Murami, de Buenos Aires Ahora, los otros dos. No actuar significaba arriesgarse a que lo acusaran de encubrimiento; habló con el fiscal y con el juez de turno, y como las pruebas eran contundentes, procedieron al allanamiento en el country de Tortuguitas, en la casa de la familia Colirama Hosday, en el exacto momento en el cuál le festejaban el cumpleaños a Benicio, el nieto mayor, cuatro añitos, vestido de blanco, fiesta con gazebos, payasos, princesas, sector de maquillaje infantil y catering.
Lo peor, me dijo Menessi, ni yo le había prestado mucha atención a los dos últimos asesinatos y ni se me hubiera ocurrido vincularlos con el primero. Por eso estoy seguro que fue alguien de la familia. Me juego la cabeza. O si no íntimo. Porque la segunda muerta era una prostituta de veinte años, que llevaba cuatro años ejerciendo la prostitución. Y la tercera muerta tenía diecisiete años, pero ya llevaba prostituyéndose un año entero. Pobre chica, mezcla de pobreza y mala suerte; se le muere el padre, se le muere la madre, la hermana vive en Chaco y ella se engancha con un chico que la obliga a prostituirse. Bueno, pero las dos eran prostitutas y pobres. Yo había tratado de hablar con el forense, y nos había parecido que había habido cierto ensañamiento en las dos, inusual si hubieran sido muertas en riñas, por ajuste de cuentas, por drogas. En esos casos se mata y ya está; a estas chicas parecían haberlas torturado. No eran muy lindas ni eran prostitutas de lujo; eran prostitutas comunes, jóvenes, claro, pero comunes. ¿Cómo íbamos a relacionar sus asesinatos con lo de Ximena? Ximena era la mujer de un tipo importante. Fue un caso importante. Cuando la encontramos muerta fue un desastre; todos pensàbamos (hasta el marido) que se había ido a vivir con una amiga, o que se había enamorado de alguien, o que estaba en un retiro espiritual. Ximena, por empezar, no era pobre: había nacido en el country, había estudiado Diseño de Modas, se había casado con uno de los emprendedores inmobiliarios del country, un chico de buen ver y cuyo hobby era criar caballos de polo. Era muy linda, pero todas las chicas de veintitres años del country son lindas. Se dedicaba a diseñar joyas y venderlas por catálogo: ella y su marido tenían mucha plata, alguna propia, otra heredada. Más, la casa donde vivían se la había regalado su tía abuela. Imáginate el quilombo cuando apareció asesinada: la familia, los vecinos, los amigos, hasta las mucamas. Un desastre. Y nosotros en pelotas, porque apenas averiguamos supimos que Ximena no tenía amantes, que no tenía enemigos, y que era, en realidad, bastante insulsa en su bondad. ¿Motivos para matarla? Ninguno. ¿Para matarla con esa crueldad? Menos todavía. Así que su asesinato quedó impune, nosotros nos sentimos unos inútiles y ocho meses después cuando pasó lo de la primera prostituta ya nos habíamos olvidado del caso y nunca lo relacionamos. Si relacionamos lo de la segunda prostituta con la primera prostituta, pero porque la relación era obvia; por eso para mí el que me mandó y te mandó las fotos y las pruebas es alguien que la conocía a Ximena y conocía a Alfredo Colirama y a María Teresita Hosday. Pobre Zinnia, la hermana de María Teresita, la esposa de Alfredo, dicho sea de paso. Pobre Eugenia, la hija mayor, pobre Mariano, el del medio, pobre Estebancito, el menor, marcados de por vida. No van a poder volver al country nunca más.
Bueno, le dije yo, mejor saber que a tu padre y a tu tía les gusta secuestrar y asesinar mujeres jóvenes, que no saberlo.
¿De en serio lo pensás? me preguntó Menessi. ¿A vos te gustaría que te pasara?
Me quedé pensando.
Que me pase no, le dije. Pero no sería capaz de encubrir algo así.
Bueno, me dijo Menessi riéndose, parece que alguien cercano o de la familia piensa como vos. A las tres mujeres muertas no las vamos a volver a la vida, pero por lo menos ahora hay dos culpables en la cárcel.
¿Se defendieron ante la acusación?
María Teresita, mucho, pero las pruebas contra ella son las más contundentes. Alfredo no dijo nada. Se quedó dormido. Cuando le dijimos que María Teresita lo había acusado de obligarlo a hacer todo, no contestó nada. Escupió.
Que historia, che.
Rara, rara, me dijo Menessi, Ahora andate, que si me ven mucho rato hablando con vos van a empezar a sospechar cosas raras de mí y no quiero.
Me fuí. En realidad, casi todo estaba resuelto, el quién, el cómo, quizás hasta el por qué (entre los papeles de María Teresita se habían encontrado papeles relacionados al esoterismo y al sacrificio de mujeres en la cultura griega, y dibujos de mujeres laceradas). Faltaba lo que menos interesa generalmente: quién dió el dato. La fuente. Eso era lo incómodo.
Podría haber sido el esposo de Ximena, pero casi imposible. Si el esposo de Ximena hubiera sospechado, lo hubiera reventado a golpes a Alfredo; no era un tipo complejo. Podría haber sido Zinnia, pero la reacción de Zinnia cuando se llevaban arrestados a su hermana y a su marido había sido transparente: largarse a llorar. ¿Quién, entonces? Saqué las fotos que habíamos impreso de Facebook antes que todos ellos cerraran sus cuentas.
En el departamento de Villa Crespo, esa tarde, solo estaban Zinnia y Esteban. Zinnia estaba previsiblemente dopada y en la cama. Esteban es el menor de sus hijos: tiene el cuerpo largo, la cara larga, los dientes grandes y salidos. Es bastante feo. Cuando le dije que era periodista, pero que no iba a grabar ni a anotar nada de lo que hablamos, me dejó pasar. Me sirvió té y galletitas de agua.
- ¿Cómo lo supiste?- le pregunté.
Me miró sin miedo. Me pareció que Esteban tiene esa cualidad transparente que tranquiliza en algunas personas; la capacidad de ser inteligente sin ser invasivo, la capacidad de no desesperarse ante lo imprevisible e incluso ante el desastre. No negó, en todo caso.
- Creo que fue mi padre. Un día. Dos días antes de que Ximena desapareciera. Yo estaba enamorado de Ximena ¿sabe? Desde los ocho años. Un día me convidó un cigarrillo y me guiñó el ojo. Ella era una adolescente y yo era un nene, pero me convidó un cigarrillo, una sola pitada. Yo me sentí un adulto. Bueno, ella creció y se casó con otro, pero seguí un poco enamorado de ella. Y un día viene a casa y le deja el catálogo de sus joyas a mamá (mamá no estaba) y se lo deja a papá. Y papá la mira. Pero no la miró como todos los hombres miraban a Ximena, sino como con desprecio, como con asco. Y tía María Teresita apareció entonces y papá le mostró el catálogo y tía tenía los ojos como oscuros. Tía María Teresita siempre fue una mujer rara: ni Eugenia ni Mariano ni yo la queríamos; siempre sospechamos que entre papá y ella había algo, y había algo, pero no lo que pensamos. Bueno, pasó eso y después Ximena desapareció y apareció muerta y yo pensé en papá y en la tía. Pero no quise creer hasta que no pasó lo de la tercera chica; entonces busqué en papeles. En el despacho de papá, en el departamento de la tía. Y encontré lo que encontré y bueno, esa es mi historia. Lo malo fue que las rosas y las guirnaldas del cumpleaños y el catering se desperdiciaron. ¿Habrá algo malo en nosotros, también? Tenemos la misma sangre. Mamá solamente quiere dormir; Eugenia y Mariano trabajar. Vos sos de policiales. ¿Los hijos y sobrinos de asesinos son asesinos? ¿O es un mito urbano?
Me senté al lado de él.
- No sé- le dije- sinceramente no sé.- y agarré una galletita.

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