En Argentina debe haber solamente dos escritores que están a la altura de Pedro Mairal: Marcelo Figueras y Alan Pauls. Pero ninguno de los dos tienen la poesía interna que tiene Pedro. La mejor novela endecasílibica del siglo XXI es El Gran Surubí. Quisiera citar una estrofa de ese libro para dar un ejemplo de como se puede poetizar, aún en el siglo de la posmodernidad y del contrato prenupcial, un divorcio:
el divorcio me hervía me aplastaba
la monstrua quería sangre quería plata
y yo con tres laburos la muy gata
lloraba en cada audiencia destrozaba
mi entusiasmo debajo de sus tacos
metiéndome demandas y litigios
y a mí no me quedaban ni vestigios
del hambre de vivir mis perros flacos
mis plantas del balcón medio resecas
mi alegría hecha un bollo en el canasto
cuantas camisas sucias que nefasto
el odio convertido en hipotecas
el juez los abogados tribunales
yo deseaba mi muerte entre sauzales
Chapeau, querido Pedro. Un hombre que escribe así debe ser muy difícil de casar, pero es casi imposible divorciarse.
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