Para ser una atea devota y militante, tengo solamente dos santos a los que les rindo devoción: el primero es San Roque, santo patrono de los animales, que se salvó por los lengüetazos de un perro cuando estaba refugiado en un bosque. Gran santo, si uno lo piensa bien. Pura fe en los milagros.
El segundo santo al que le rindo culto sin ningún tipo de vergüenza no pertenece al catolicismo, sino al candoblé. Es Exú, el diablillo de los dioses del sincretismo africano, devoto de la cachaza y de las putas y de los ladrones, el protector de los oprimidos. El Tulkas del santoral africano, si uno lo piensa bien. Si es lenta la furia de Exú, es tremenda su furia; Exú avanza riendo, arrasando con lo que han arrasado a su costa. Algún día él reclamará mi alma, lo sé, y no tengo problemas en devolvérsela.
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