jueves, 30 de junio de 2016

Muerte de un poeta irlándes en París.

Escribí en el encierro que todo hombre mata a lo que ama y ahora pienso, bajo esta llovizna pertinaz que me envuelve, que fui injusto porque también todo hombre sobrevive en lo que ama. Incluso en aquel muchacho que me obligó a hacerle juicio a su padre y que terminó siendo mi ruina; todas mis miserias expuestas ante los antifaces horrorizados del tribunal, con sus togas y sus pelucas empolvadas y yo solo como un angel. Ya tendrá tiempo de arrepentirse: si algo aprendí es que uno se arrepiente de sus aciertos, nunca de sus errores. Por eso mis amigos, los de verdad, siguen cuidándome; por eso mi esposa, aunque dolida, sigue viéndome. Por eso mis hijos, aunque tristes, siguen leyendo los cuentos que les escribí cuando eran pequeños. Por eso incluso la casera de esta pensión, cuando me trae un plato de potaje me dice ¿Pero usted no era un hombre famoso? Y sigo siéndolo, a veces, y a veces soy solo un hombre que sabe que va a morirse y a veces soy solo el poeta que intentó ser esperanzador en un siglo que nació tan viejo como el hombre mismo.

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