Hablar a título personal. Después de los años noventa se mataron tres amigos míos. Tres. No uno, ni dos. Tres. Eran los tres excelentes chicos, dos eran hombres, uno era mujer. No voy a hablar de ellos, porque sería una falta de respeto, a ellos y a su familia.
La maravillosa década del noventa, la meca dorada de la clase media argentina. Primero de todo: merca, mucha merca, merca por todas partes. Casi que con un poco de ánimo se compraba un kilo de pan con un gramo de merca. Los más inocentes fumaban marihuana. Así quedaban. Desocupación: nadie conseguía trabajo, y si conseguías un trabajo eras un ídolo y tenías que trabajar en condiciones stajanovistas. Educación: las escuelas se venían abajo y los pobres docentes hacían lo que podían. Salud: no había ni una curita en los hospitales. Infraestructura, obra pública: el empresariado nacional construía edificios espantosos, donde hasta las ratas protestaban de lo malos que eran y los cobraban como si fueran la Torre Eiffel. Y después, la frutillita del postre: atentados. La Embajada de Israel, la AMIA, que para nuestra generación fueron terribles porque nos demostraron hasta que punto eran inútiles los que nos gobernaban. Hasta que punto los servicios de inteligencia estaban infiltrados, seguían infiltrados por lo peorcito de la dictadura. Hasta que punto la justicia argentina, cuando no quiere investigar, no investiga. Era patético realmete ver la gente entre los escombros, tratando de ver si había sobrevivientes y a su vez ver a los fiscales, los jueces de instrucción cajoneando todo total, ¿quién había muerto? Un montón de judíos. Y un par de personas que habían tenido la mala fortuna de pasar por allá. Eso es la justicia argentina, desgraciadamente: si Nazarena Velez llora en cámara se mueve enseguida, pero si mueren casi cien argentinos en un atentado, es una desgracia que algún día investigaremos cuando tengamos tiempo y siempre y cuando no tengamos que pagar impuesto a las Ganancias.
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