que la belleza sea en mi
canción de los sioux
La madre le había dicho que cuidara a su hermano. Aún no le habían puesto nombre, pero ella y su madre le decían Curataí Guirá, el pequeño niño. Tenía que buscar las moras salvajes que crecían cerca del arroyo, pero por ahí moraba el yaguareté. Pero su madre le había dicho que si no juntaban una cierta cantidad de moras todos los días, no podrían pasar el invierno, que siempre era muy crudo. Su padre, Atalaya Porá, estaba cazando mulitas que luego secarían y salarian; la sal la traían los capauque, que vivían cerca del mar. La niña alzó a su hermano y se dirigió al arroyo del sur. Allí encontró al muchacho que casi se había ahogado.
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