domingo, 24 de julio de 2016
Daniel Barenboim
No conocí a Daniel Barenboim por su formidable capacidad como director de orquesta, sino por una excelente película donde se cuenta la vida de Jacquelin Du Pré, su primera mujer, una de las mejores cellistas de la historia. Mi relación con el violoncello siempre fué sagrada: lo he tocado muy poco, pero me parece el mejor instrumento del mundo. Prefiero la guitarra, que es más portatil, más cargable, menos solitaria. Por eso admiro sin dudar a las grandes y los grandes violoncellistas, como Yo Yo Ma; sé que tocar bien ese instrumento es casi tan díficil como cantar una aria de ópera de Puccini. Me parece excelente el trabajo que hace Barenboim con la orquesta palestina israelí; es un trabajo minucioso, porque además las culturas que se aíslan en sí mismas (y el judaísmo, desgraciadamente, tiene una cierta tendencia a aislarse en sí mismo) son las más vulnerables. Si algo admiro del judaísmo no es, para nada, su creencia en un Dios único, sino su fé inquebrantable en la palabra y en el estudio y en la disciplina.
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