jueves, 28 de julio de 2016

De la legalización de las drogas y otras yerbas.

Fui criada en una familia donde la mayor aspiración era la casita propia y el asfalto en la cuadra. Y el asado de los domingos para discutir de política. Mi viejo y mi vieja, que tienen muchos defectos, tuvieron una sola virtud: siempre desconfiaron de la gente que triunfaba demasiado pronto. Del tipo o la tipa que de la noche a la mañana tenían una mansión, tres autos y un caniche toy, sin haber trabajado nunca. Esos en algo raro andan, decían, y yo los escuchaba. Mi papá  y mi mamá siempre trabajaron, mi abuela siempre trabajo, mi hermano y yo empezamos a trabajar apenas pudimos, y además estudiábamos. Ellos, mi papá y mi mamá, además, siempre militaron: uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia es de mi mamá yendo a militar a las villas miseria, enseñándoles a los chicos a leer y a escribir. Los ochenta fueron una de las décadas más violentas para vivir la infancia: guerra de Malvinas, fin de la dictadura militar, Alfonsín, Plan Austral, Semana Santa del 87, Ley de Obediencia Debida, hiperinflación, saqueos, Menem, Cavallo, la convertibilidad y entonces las cosas se aquietaron por un tiempo, casi una década, hasta que la fantasía del 1 a 1 estalló (la gente que sabía de economía realmente sabía que la burbuja de la convertibilidad estallaría eventualmente. Es imposible para cualquier país tener disponibilidad de dólares para siempre, salvo que seas EE.UU.) En los 90 lo que se veía era mucha gente que se hacía rica muy rápido; demasiado rápido. Demasiados shoppings, demasiados viajes al exterior. Todo era muy extraño, si uno no quería darse cuenta. Todo demasiado claro, si uno tenía dos dedos de frente. Demasiados countries, además. Como dirían los Redondos: muy mucha merca, poco bongó.
Y ahora voy a hablar a título personal, sin dar nombres. Mi primer contacto con las drogas fueron mi madre, que tenía problemas depresivos desde siempre. Ahora, mi segundo contacto con las drogas fue un poco más tenebroso: una compañera mía de secundaria le robaba los Lexotanil al padre para tomar sol. Para quedarse dormida mientras tomaba sol. El padre era psicólogo, obviamente tenía Lexotanil para recetárselos a sus pacientes cincuentones o treintones con problemas de la mediana edad. Pero ella tenía mi edad. No tenía problemas. Era una chica de quince años, como yo. Ese fue mi primer contacto real con las drogas.
Después empecé a salir al mundo exterior y las drogas en el mundo adolescente de los noventa no eran la excepción, eran la regla. No había casi nadie que no fumara, ni que no tomara, ni que no se empastillara. Y muchas veces eso era bien visto por los padres, que de alguna manera revivían su juventud setentista en nosotros. Por suerte, mis padres no. Yo nunca vi a mi mamá más enfurecida que una vez que volví con olor a alcohol a mi casa. Y eso que yo había hecho muchas cosas aparentemente más graves que emborracharme: pero ese día mi mamá era una fiera. Se enojó con mi papá y conmigo; más de veintitres años después se lo agradezco. Es decir, le agradezco a mi madre no haber sido como las otras madres, no haber dicho total la nena puede ir a un centro de rehabilitación dentro de unos años. Mi mamá no me habló por unos cuantos días, y eso me marcó para siempre. Nunca más volví a emborracharme después de eso. El único vicio que nunca pude dejar del todo fue el cigarrillo, pero después de ese día incluso fumé menos. Me di cuenta ese día que para mi mamá, una mujer aparentemente todopoderosa, el límite era yo. La hija, su única hija mujer. A veces es bueno saber que los padres no son tan buenos como nosotros creemos que lo son. Al poco tiempo mi madre tuvo una operación grande, tuve que cuidarla y un poco terminé siendo su madre, esas inversiones de roles que a veces ocurren en esta vida y que nos hacen valorar más a la gente que tenemos al lado. Entendí más su amargura cuando las cosas salían  mal durante mi infancia, su tristeza cuando la plata no alcanzaba, cuando los amigos se iban, cuando los velorios había que hacerlos con tres mangos porque no había plata ni para el cajón.
Un tiempo después quedé embarazada. Mi mamá se enojó muchísimo conmigo. Tenía mucha razón; estaba cerca de llegar a un título universitario, el sueño de su juventud. Y sin embargo me entendió cuando le dije que iba a tener a mi hijo. Yo sabía que en el fondo iba a ser así. Incluso me entendió cuando le dije (sin decirle) que no iba a llevar a mi hijo a conocer al padre, incluso cuando naciera. Me entendió, porque solamente ella me entendía: porque ella era mi madre. Después conseguí un trabajo y seguí viviendo y seguí estudiando, con un chico a cuestas: una historia para nada heroica, la historia de tantas chicas en la Argentina. En realidad, la historia de mi madre. Incluso ahora que tiene casi setenta sigue estudiando e intentando progresar. Eso siempre es admirable.
Yo pienso que está bien que las drogas se legalizen, y al mismo tiempo pienso lo que pensé esa mañana cuando mi compañerita de quince me contó que tomaba Lexotanil para tomar sol: que no es la edad. Que a los quince años, por más que el rock, el marketing y hasta Alejandra Pizarnik te lo quieran vender no tenés ningún tipo de problemás, salvo el compañerito de banco que te gusta y no te da pelota. Y yo lo sabía a los quince años porque mi mamá era una mujer de cuarenta con problemas reales, que hacía lo posible todos los días para sacar adelante una familia. Si tu ambición es estar bronceada para el verano, no tenés nada que reclamarle a la vida. Si el chico que te gusta no te da bola, nena, tenés quince: las mujeres de cuarenta mataríamos por volver a tener quince años. Que si tu vestido de graduación no fué lo suficientemente lindo, ya te podrás comprar otro mejor cuando trabajes. Que si tu mejor amiga se peleó con vos por unos días, a los cuarenta van a seguir siendo las mejores amigas del mundo porque la vida es así, una a los quince se pelea por boludeces y a los cuarenta se mata de la risa de todos los quilombos en que se metió a los dieciséis o diecisiete, y le regalas cosas a la hija de tu mejor amiga para el día del Niño. Que los problemas reales de los adultos son problemas reales porque muchas veces, ni siquiera tienen solución. Porque tus padres envejecen, porque tus hijos crecen, porque tus abuelos se mueren, Porque a una nena de tres la podés entretener con un libro de Maria Elena Walsh, pero a una adolescente de diecisiete ya no; ya empieza a preguntar otras cosas y tenés que contestarselas y muchas veces no tenés la respuesta. Esa mañana yo entendí a mi madre como a nadie. Es terrible ser madre de un adolescente: son bombas de tiempo que ya piensan por si mismos y que ya -y esto es lo peor, lo que más nos duele, la estocada final- no piensan como nosotros.


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