martes, 26 de julio de 2016

Tributo al Magic Number (uno más, como si hiciera falta)

Cuando yo nací los Beatles eran cosa del pasado pero John Lennon aún estaba vivo. Pero los Beatles eran ya el pasado: pertenecían a una era dorada, los sesenta, donde la revolución aún era posible, aún en la Argentina, aún en Inglaterra, aún en Italia. Después Mark Chapman mató a Lennon en la puerta del Dakota y el sueño terminó para siempre. No me enteré de esa muerte: en esos años la masacre en Argentina era tan espantosa que un rockero muerto más o menos no significaba nada. Vi años más tarde la película Imagine en la televisión, una recopilación de lo que Lennon había filmado y amado durante los pocos años en que había vivido. Y ví otras películas: películas donde se hablaba del amor a Los Beatles desde el lado de los fans, ese amor tan ménade, tan adolescente, tan puro. Los Beatles, la discografía de los Beatles es un travelling desde la adolescencia más básica en el Love me Do hasta la complejidad adultísima de Abbey Road. (Disgresión personal: no dudo que el disco Let it Be, tocado al revés en lenta dice Paul is Dead. Es una broma inglesa muy típica hecha por un genio como Lennon). La muerte de los Beatles significó la muerte del rock and pop como sueño puro, la muerte del mayo francés, la muerte de la primavera de Praga. Y además la bestia compleja de George Harrison, el autor de Something, el único guitarrista que podría competir con Eric Clapton y ganarle. Y sin embargo mi Beatle favorito, for ever, and for ever, es Ringo, el protagonista real de las películas de los Beatles, el que empieza en la banda porque el baterista que tienen es espantoso y no saben como sacárselo de encima y hay un tipo en otra banda que toca la batería bastante bien y lo invitan a tocar con ellos. Y entonces el cuarteto está listo y van a ser los Beatles para siempre y unos años más tarde Ringo va a cantar "With a Little Help from my Friends" desafinando un poco.

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