Uno de mis mejores amigos, si no el mejor, es profesor de Filosofía. Que ganas, che. Enseña filosofia antigua y medieval en la facultad donde trabajo. Es una de las personas más lindas del mundo, por dentro y por fuera. Ha leído tantos libros que mi pequeña capacidad lectora se siente humillada: se especializa en Spinoza, al que supongo bastante denso. Digo supongo porque jamás leí un libro de Spinoza. Le gusta el chocolate. Tiene dos hijos ya, y eso está bueno. Les regaló a sus hijos el libro que mi hijo escribió, lo cuál agradezco infinitamente, aunque desde que ganó el concurso no hay manera de convencer a mi hijo de que no es un genio genial de toda genialidad. Insoportable. Menos mal que las amigas de él se burlan llamándole el Chino. A veces este amigo mío me pide ayuda con las actas o los éxamenes. No hace falta que lo pida tan amablemente. Desde que lo conocí a él aprendí que ser buena persona tiene recompensa.
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