Massera fue un monstruo. Eso a que dudarlo. Jamás podría decir otra cosa: fue un asesino, alguien que pertenece al séptimo circulo. Y sin embargo...
Massera nunca fué un traidor, como muchos otros. De los tres de la Junta Militar, Massera fué el único que la tenía clara. Lo hacía por la patria, sin mayúsculas. Había que torturar a mujeres, desaparecer monjas, arrasar con la resistencia montonera. Massera lo hacía. No le importaba ser un monstruo. No le importaba ser un asesino. Que el cielo exista, pensaba Massera, aunque nuestro lugar sea el infierno. Arrasemos con Cartago, sembremos de sal sus tierras, matemos a su cría. En los anales de la historia seremos los asesinos. No nos importa. Massera era muchas cosas, pero nunca fue un cobarde. Nunca dijo que él no había dado la orden. Siempre se hizo cargo de las cosas que había hecho. Eso es admirable, aún en un hijo de puta. De todos los militares de los setenta, él es mi único héroe.
La gente de izquierda puede reclamar, claro, que lo hacía por malas razones. Pero en los setenta hubo mucha gente que hizo cosas muy terribles por razones aparentemente buenas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario