A nadie le gusta que le roben. Mucho menos que le maten un pariente o un amigo. Un secuestro es algo terrible. Que tu hija o tu tío mueran por negligencia médica es terrible. Que tu casa se derrumbe por el ingeniero o el arquitecto que la diseñó es un desastre. Ahora, una vez que esas cosas pasan, y pasan muchas veces, lo verdaderamente difícil es saber que hacer ante la tragedia.
Últimamente las cosas se solucionan muy fácilmente. Se llama a las cámaras de televisión, se va a los programas de televisión. A veces también -pero cada vez menos- con los diarios, con las radios. Se expone el caso. La opinión pública decide. Como siempre es The Ring and The Book: media Roma opina una cosa, media Roma opina otra. Todo eso antes de que el caso llegue a la justicia y hay buenas razones para esto: la justicia argentina es invariablemente kafkiana. Un crimen vinculado con el narcotráfico (hay tantos) no se sabe bien si lo tiene que investigar la justicia provincial o la justicia federal. O ambas. La mayoría de los fiscales están mal pagos y tienen pocos recursos y muchas causas inútiles. Si una persona no tiene plata para un abogado defensor, le dan un defensor de oficio que está lleno de casos terribles y apenas tiene tiempo. El juez de instrucción está tapado de trabajo, como todos los jueces, o la mayoría de ellos. No me tienen que contar la situación porque trabajo en la burocracia educativa argentina y es así: una caja, una resma de papel, tres viromes son un triunfo. No me quiero imaginar lo que debe ser para los fiscales conseguir un ADN, un perito grafólogo. Es lógico, entonces, que la gente, incluso la gente de plata, opte por ir a los programas de televisión.
Y aquí tengo que usar un concepto de Beatriz Sarlo: la televisión parece solucionarlo todo enseguida. Hay un crimen, entonces el asesino es malo y el muerto era bueno. Una mujer trafica marihuana; por supuesto es una mala mujer. Un hombre le roba un celular a otro: el ladrón era un malvado, el robado es automáticamente un santo. Y después aparece otro caso, y otro, y otro. Es la era de la liquidez: incluso los divorcios se deciden en cámara, como si una separación de bienes no fuera lo más difícil de hacer. Los tiempos de la justicia son otros: son lentos, hay que presentar pruebas, hay que acusar, hay que evaluar los daños y perjuicios. Por ejemplo: un raterito que roba un celular Samsung 5S no tiene evidentemente la misma capacidad de daño que un chico que juega a las picadas con sus amigos en la avenida Rondeau y mata a un chico. Y sin embargo es mucho más probable que el raterito termine preso (y no me parece mal) y que el chico que juega a las picadas salga libre, encima porque el juez considera que estar bajo sustancias psicotrópicas es un atenuante. En cualquier lugar del mundo que no sea Argentina eso es un agravante, no es un atenuante. O sea, además de ser un irresponsable que consume sustancias psicotrópicas juega a las picadas con los amiguitos. Y los padres los dejan. El chico es evidentemente un psicótico, pero la capacidad negadora de sus papás es infinita. Y encima si le sacan el carnet de conducir de por vida es capaz de quejarse. Es decir, nene, gracias que no te moriste en la cárcel. Es obvio para cualquiera de que no sos capaz de manejar ni un triciclo. Y no hay atenuantes.
No me parece mal que los casos se mediaticen. Ahora, los medios tienen que tener la suficiente autoconciencia (es dificilísimo) para saber que ellos no deciden nada. Que los tiempos de la justicia son más lentos porque son los correctos. Porque en todo crimen hay atenuantes y en toda negligencia hay circunstancias que la causaron. Es triste, pero es así: dura lex sed lex.
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