sábado, 9 de julio de 2016

Shakespeare es Maquiavelo.

Nunca leí el Principe, de Maquiavelo, pero si leí libros que comentaban de su influencia en la época del Renacimiento. Y donde más obviamente se nota la influencia de Maquiavelo es en Shakespeare. Tomemos por ejemplo Macbeth. Ya dijo Victor Hugo en el siglo XIX que la tragedia de Macbeth no es la tragedia de la ambición: es la tragedia del hambre. Y que hambre. Macbeth comete todos los actos malvados porque cree en un destino prefijado, incluso en el de su muerte. Macbeth ambiciona lo que las parcas le predicen; ser un rey, aún a costa de ser un asesino y un traidor. Si uno lee los libros de historia, están llenos de gente así, hombres y mujeres. Hamlet es diferente, es el gran quiebre, porque Hamlet se pregunta si tiene que vengarse o no. Vengar a su padre significa matar a su madre y a su padrastro; pero también puede olvidarlo todo, marcharse. Elije la venganza y con eso termina destrozando todo lo que ama, incluso a su prometida y a su hermano. Y termina muriendo. De casos así también está lleno los libros de historia y las crónicas policiales. Pero en realidad ¿quien no conoce a un Otelo, a un Yago, a un Rey Lear, a un Laertes, a una Julieta, a un Mercucio? ¿Quién no conoce a un Julio César, admirado y odiado al mismo tiempo, al cual la mayoría quiere pero una minoría desprecia y teme, y planifica asesinarlo? Lo magistral de Shakespeare es darle a la política, al complejo arte de la política, una dimensión humana: ningun personaje shakespeareano ambiciona lo que ambiciona o ama lo que ama o muere porque si. Detrás de cada personaje shakespeareano, incluso del más secundario, como Falstaff, rocambolesco bufón, hay un hombre o una mujer. Hay un pensamiento, un desarrollo deliberado. En eso consiste su genialidad: en darse cuenta que detrás de cada actor (digo actor porque en la época de Shakespeare no se podía ser actriz) hay un personaje y detrás de un personaje hay una persona y que esa persona es, en parte, él.

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