sábado, 9 de julio de 2016

Steven Spielberg

Mi primer contacto con Spielberg fue, por supuesto, ET. Tenía cuatro años. No entendí nada. Me gustó la película, pero no entendí nada. Después mis padres me torturaron con Bertolucci, Saura; en realidad mi único descanso era ver películas de Sandrini con mi abuela. Y cuando tenía dieciocho años vi "La lista de Schindler". Y me encantó. Me encantó el momento en que Schindler llora porque con uno de sus relojes podría haber comprado una vida más. Me pareció uno de los momentos más bellos de la historia del cine, uno de esos momentos en los cuales uno dice: para esto lo inventaron los Lumiere. Para esto se inventaron las butacas, el proyector y hasta los nachos con queso y la Coca Cola. Debo confesar que no lloré con "La lista de Schindler", no por falta de sensibilidad -lloré como una perra con Las aventuras de Chatran, película japonesa a la que le debo los momentos mas amargos de mi infancia- sino porque me pareció una de las películas más esperanzadoras del mundo. Spielberg es el Michelangelo del siglo XXI. Los de mi generación le debemos todo, o casi todo, a él.

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