miércoles, 1 de mayo de 2019

En William Morris

                                                                                  Usted, lo que debe hacer, es tener paciencia
                                                                                                             Henry James

Ahora, dijo Fernando, no nos llamamos como nos llamamos. Y no vamos a hablar de nada concreto hasta que no lleguen todos. ¿Yo puedo seguir siendo el Negro? preguntó Sabino Navarro. Si, boludo, como te vamos a decir ¿el payo? El Negro se rió. A Fernando le gustaba la risa del Negro. ¿A propósito, leíste la última minuta? Creo que te llegó, por lo menos eso me dijeron. Sí, claro, la leí, dijo el Negro.
Que la va a leer, pensó Fernando. Seguro que estuvo cogiendo con alguna. Con algo de tristeza, pensó que si el mundo fuera como los escritores y los filósofos y los teóricos políticos y los sociólogos se lo imaginaban, el, Fernando Abal Medina, tendría que ser el que anduviera cogiendo con una mina distinta cada noche, el, bien vestido, bien hablado, culto, o bueno, bastante culto, miembro de la Acción Católica y el Negro tendría que serle fiel obligatoriamente a su mujer, con la que estaba casado desde muy chico y con la que tenía hijos. Pero las minas se le tiraban encima al Negro. Siempre fue así, le había dicho una noche el Negro, desde que tenía trece, catorce, y no solamente mis compañeras de laburo, solteras, casadas o viudas, sino minas de guita, o bueno, de guita para mí, maestras normales, esposas de abogados, de médicos, de tipos importantes, aburridas, que mientras el marido estaba en el estudio o en el consultorio y los nenes estaban en el colegio me dejaban pasar a su casa, o si no chicas buenas, de su casa, de novias con algún martillero público o algún administrador de estancias, bueno, nunca lo entendí, siempre tuve suerte con las mujeres, y mirá que yo sé que no soy muy lindo, no sé, ¿será el bigote?. Y el Negro se había reído.
Al Negro le tira más la concha, recordó Fernando que le había dicho la Arrostito.
Pero está casado, le había dicho él.
Y bueno, que querés que haga, le había dicho ella, le tira la concha. Le gusta ponerla. Que querés, que le metamos un cinturón de castidad. Hasta a mí me tiró varios lances. Disimulados, pero lances al fin. Antes de que yo  estuviera con vos, te lo digo antes de que lo vayas a cagar a piñas.
¿Y por qué no te lo cogiste?
Porque es incómodo discutir de política con alguien a quién te cogiste, había contestado Norma. Por eso solamente. Bah, y porque el Negro no va a dejar a su mujer. ¿Quién te pensás que le leyó a Fanon, pelotudo? Su mujer. El Negro de pedo leyó La Razón de mi vida. Y porque tenía dibujitos.
La Razón de mi vida, piensa el Negro. Piensa que si no fuera por su madre y por Evita, el no estaría ahí. Los otros por ahí sí, o por ahí en otra parte, en alguna organización trotskista o maoísta o castrista, Carlos, Fernando, pero él no. Porque Evita para él era su madre muriénndose y Evita mandándole médicos para salvarla. Y después la furia leve de su  madre cuando en las paredes veía pintado viva el cáncer y todos llorando mientras la radio del vecino decían que Evita había muerto y después, cuando Perón había caído, algunos vecinos, empleaditos públicos, maestritas, riéndose, por fin cayó el tirano, el tirano puto y después bien que me cogí a las esposas y a las hijas de esos vecinos, mas putas que las gallinas todas, y para ellas Evita era una puta y Perón era un puto y un degenerado. Me las cogía y después, cuando terminaba, me escapaba saltando tapiales con vidrios clavados para que los ladrones no entraran. No, los ladrones no entraban. Tapiales como ese de ahí. Típico de argentino, tapiales con vidrio. Nunca me encontró ningún padre ni ningún marido, aunque por ahí a alguna la dejé embarazada. Me acuerdo de la Ñata, buena mina la Ñata, más bien rubiona, gringa, tetas pecosas, a esa seguro que la dejé embarazada y encima el marido era bastante rubión según la foto, no sé como le habrá explicado al marido un nene morocho, bueno, las mujeres siempre se las ingenian en esos trances, lo que sí sé es que cuatro meses después de nuestro último encuentro le pregunté al del almacén por ella y me dijo que estaba embarazada de cuatro meses, chocha ella y el marido, a los treinta y dos años era un milagro una criatura. Mi segundo nombre tendría que ser milagro.  Buena mina, igual, la Ñata, tetas pecosas y lo adoraba a su marido, lástima que no tenemos hijos, me decía mientras me calentaba los tallarines, una casa sin chicos es triste, y yo comía los tallarines y después saltaba el tapial lleno de vidrios. El año que viene vamos a comprar un aparador de comedor  bueno, fino, me decía la Ñata, estamos ahorrando para eso, mi mamá se murió hace tres años pero el aparador bueno le quedó a mi hermana mayor, ella me pregunta ¿para cuando los chicos? hija de puta, tiene cinco. Me gusta la idea del aparador fino, con figuritas de cristal de esas bien bonitas, como en las películas, y encima el aparador de mamá, que lo tenía hecho una gloria, los guachitos de mis sobrinos lo rayaron todo, son unos malcriados. Bueno, por lo menos a la Ñata la hice feliz, piensa Sabino Navarro, se habrán gastado toda la guita ahorrada del aparador en el ajuar del bebé. Pero yo si no fuera por Evita y por mi mamá no lo hubiera conocido a Fernando ni a Norma ni a Carlos: yo, que empecé a trabajar a los doce, y que a los trece ya había debutado con una puta y que antes de los veinte ya estaba casado y con hijos, si no hubieran escrito viva el cáncer en las paredes. Si no hubieran bombardeado la plaza, si no hubieran hablado del tirano prófugo. En cambio, yo y mi jermu, los dos laburando pero leyendo la Razón de mi vida, y después mi mujer leyéndome a Fanon, pobre, le cuesta leer casi tanto como a mí. Fernando yo sé como me mira, este negro que se las coge a todas, es más fuerte que yo, quiero decirle, pero le digo si mi sobrenombre puede seguir siendo Negro y me río y el también se ríe. ¿Le habrá contado la Arrostito que también me la quise voltear?  Cuando me dijo que no, pensé que era lesbiana. Estaba casi seguro, igual, todo bien. Si cae la cana, amartillo el revolver y salto por los tapiales con vidrios. Mejor las manos cortadas que estar muerto. Me gusta vivir.
El Negro, piensa Fernando, seguro que va a pedir pizza napolitana. No le gusta el lugar, dice que la pizza es mala. Sabe de pastas, sabe de pizzas, sabe de vinos, el hijo de puta. ¿Cómo mierda hace? Yo ya no pienso. Desde que matamos a Aramburu, no, desde que lo ajusticiamos, desde que lo fusilamos ¿cuales son las palabras exactas? Ya no soy católico, piensa. Ahora soy un prófugo. Ya varios cayeron, varios mataron por nuestra culpa, ya... Si pudiera volver el tiempo atrás, volvería a mi casa, a ver a mis cinco hermanos, una tribu, los vecinos que le decían a mi mamá ustedes son una tribu. Ahora ya no puedo volver, soy hombre muerto. O soy prófugo, que es lo mismo. Yo pido un pedazo de fainá, no tengo mucha hambre, ni acostarme puedo desde que matamos a Aramburu y ahí llega la cana.


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