Transcribo una frase de Alejandro Grimsom publicada en la revista Caras y Caretas de este mes que define a la perfección el liberalismo argentino: El liberalismo argentino es antipluralista y odia a sus adversarios políticos. No puede reconocerlos como tales.
Si se piensa la historia del pensamiento político argentino siempre se construyó a partir de otro, que es enemigo. Sarmiento y Mitre eran enemigos del caudillismo de Facundo Quiroga, Rosas y Urquiza, a quienes identificaban con la barbarie. El indio y el gaucho eran bárbaros. No de otra manera nace el Martin Fierro, de José Hernandez, reivindicando al gaucho. Lo curioso es que la generación siguiente, cuando ya la inmigración europea era un hecho concreto y masivo, tomó como modelo de argentino al gaucho, en oposición al inmigrante polaco, español o italiano. Los discursos encendidos de Miguel Cané a favor de una ley contra los inmigrantes tenían como base ideológica que había una sangre “criolla, argentina” que sería contaminada de alguna manera si se dejaba ingresar a los inmigrantes. Se identificaba, incluso, la idea de la sangre argentina con la de la idea de un pensamiento argentino. Del indio se dejó de hablar; pero el gaucho fue reivindicado como arquetipo del argentino incluso mucho después de que los gauchos devinieron en peones y domadores de grandes estancias. La tensión entre sectores radicales y conservadores solo demostraba la tensión entre un pensamiento político (el radicalismo en sus comienzos) que pensaba en integrar de alguna manera a los inmigrantes y otro pensamiento político (los conservadores) que veía en cada avance ciudadano, especialmente el voto no condicionado por el fraude electoral, una disminución de sus derechos. El golpe de Estado de 1930 no fue sino una manera poco democrática de saldar esa disputa; Hipólito Yrigoyen no era definitivamente un político de izquierda, pero era demasiado de izquierda para el pensamiento conservador de la clase dominante. Y sin embargo, de ese núcleo altamente conservador, ligado al Ejército, a la Iglesia y a los sectores agropecuarios, surge en 1945 Perón, que enseguida va a ser considerado líder de lo otro durante muchos años. Inclusive hoy en día se sigue sugiriendo en columnas de opinión de izquierda y de derecha que el mayor problema de la Argentina es la permanencia del peronismo; porque esas columnas de opinión no categorizan de igual manera al socialismo, al trotskismo, al radicalismo y al liberalismo, que son movimientos que tienen muchos más o al menos igual cantidad de años de permanencia en la historia política argentina, solo demuestra que los escritores de columna opinión desconocen o finjen desconocer los libros de historia. En todo caso el surgimiento del peronismo sirvió para crear otro enemigo: el cabecita negra, el que no trabaja ni estudia, categoría que aún se sigue utilizando cuando se quiere explicar la inseguridad o la difícil inserción de ciertos sectores en el mundo del trabajo en blanco. En los setenta la aparición de la guerrilla urbana sirvió para crear otro enemigo: la persona de izquierda. La persona de izquierda es una categoría única e indefinible, y quizás la mejor metáfora es la que da una vecina en la película Los Rubios de Albertina Carri, describiendo la familia que formaban Roberto Carri, su mujer y sus tres hijas: no eran como nosotros, eran rubios. Lo cierto es que en el imaginario popular es muy fácil identificar a una persona de izquierda, sea de clase media, como los Carri, o de la clase obrera : lo único que tenía que hacer el pensamiento dominante, tanto mediático como político, era nombrarlos como enemigos. No en vano durante la dictadura e incluso después de la dictadura e incluso ahora, hay mucha gente que sigue pensando que todos los desaparecidos fueron desaparecidos por alguna razón en particular. O sea, se justifica la cesación del Estado de Derecho en base a la orientación política de la víctima. En la posdictadura, durante los noventa e incluso en estos días, la creación del otro como enemigo es, al menos, diversa: nuevamente el inmigrante, a veces el sindicalismo, a veces los movimientos disidentes (sean pueblos originarios, sean organizaciones sociales, sean movimientos Lgbbt) y fundamentalmente, la criminalización del otro. Todo lo que no encuadra dentro de una cierta normativa, que en realidad no está exactamente estipulada en una ley (nadie que sepa acerca de leyes puede decir que un delegado sindical es un delincuente natural: el derecho a sindicalizarse tiene varios años), pero si por una cierta visión social, quizás alimentada desde ciertos medios y redes sociales, pero por cierto existente desde mucho antes que los medios masivos e Internet existieran. Por eso, vuelvo al postulado de Alejandro Grimsom porque pone en cuestión, justamente, la categoría política “liberalismo” en la Argentina. ¿Puede un pensamiento político realmente liberal negar el pluralismo? Es, en sí, una contradicción de términos: el liberalismo argentino es liberal solamente en cuestiones de mercado de valores, pero para pensar las libertades individuales, los derechos humanos y los desafíos de una sociedad que definitivamente es diferente a la de cincuenta años atrás, sigue siendo extremadamente conservadora. A niveles que ningún liberal serio consideraría pensar.
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