sábado, 25 de mayo de 2019

Haellstrmom.

Durante la noche, solo podìa verse una estrella y una luna. Y'stroum había encontrado los diamantes durante la tercera noche después de la erupción del volcán y los había llevado hacia lo que quedaba del pueblo. Eran diamantes grandes y en bruto; Ber`oumir cuando los vió recordó que los diamantes antes se tallaban, y se hacían joyas con ellos. Ya no. De lo que había sido un gran planeta, con continentes, leyendas, historias, bibliotecas y monumentos, solo quedaban tres islas. Donde vivían ellos, Haellstrmom, era la más grande. Si uno se sumergía en el océano, aparecían las estatuas mezcladas con los corales y las manta rayas. Todos sabían nadar en la isla, pero Y´stroum odiaba el mar. Desde niño le había tenido miedo a las estatuas y a los peces. A la noche, durante la noche, solo se veían una estrella y una luna. De día, la otra luna brillaba apenas, un manchón rojizo, como de sangre. Hay más estrellas y más lunas y más planetas en otro lado, le había dicho Ber`oumir, muy lejos, pero seguramente los planetas son desiertos.
Los cuatro diamantes refulgían al fuego. Y´stroum se quedó mirándolos. Ya el viejo Cyan le había advertido sobre el peligro de las piedras brillantes: te hechizan, le habían dicho, se apoderan de tu alma. Aléjate de ellas. Debes ir a nadar, a buscar peces, a buscar leña seca o excremento de gaviotas para prender el fuego. Debes cosechar fruta. Sabes, le había respondido Y´stroum, nadie me dice que tengo que hacer. Y son diamantes, probablemente los últimos de las islas.
Esa noche el fuego casi se había consumido. No hacía frío, pero había viento. Algo de viento, no demasiado. Y´stroum se tapó con su cobija y pensó en su poblado: en la última erupción del volcán la mitad de la gente había muerto. Dos, tres años más y todos morirían. Ya nada quedaría de ellos. La otra luna, la que no se veía nunca de noche, se reflejó en la piedra transparente. Y entonces ocurrió lo que Cyan le había advertido; hubo un chispazo, un relàmpago y luego una gran oscuridad.
Cuando despertó, era gigantesco. Sus manos eran garras iridiscentes y sentía un hambre voraz. Olío sangre. Era un hilo de sangre, delgada, que corría muchas leguas mas abajo, pero la olió igual. Y´stroum se desperezó y empezó a volar. La sangre provenía de una cabra que Nyara, la tercera esposa de Ber´oumir, terminaba de matar; Y´stroum descendió en picada y la tomó, y la arrojó al aire y la devoró, ante la mirada espantada de Nyara que comenzó a gritar Hullmerio, Hullmerio. Creo que quiere pedir socorro, pensó Y´stroum. Es extraño, antes comprendía esas palabras.

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