martes, 30 de abril de 2019

Las ganancias en el rubro inmobiliario.

Si no hubiera sido por lo que ocurrió, pensó Derek Ludmett, la mansión valdría una fortuna. Por lo menos quince millones de dólares, por lo bajo. Pero era un lugar raro. A el mismo no le gustaba entrar allí; iba solamente si iban el matrimonio Claudel, y su hijo Anthony, y lo ayudaban a limpiar el poco polvo que había. Los hijos de Bartök, claro, querían vender la casa. Presionaban a Derek Ludmett para que vendiera la casa, al menos en la cifra que su padre la había comprado, es decir diecisiete millones de dólares; la verdad, le había dicho la hija mayor de Bärtok, es que excepto esta casa, no queda casi nada de la fortuna de nuestra familia. Derek la había mirado con un poco de horror: siempre se había figurado la fortuna Bärtok como infinita, un manantial de ríos de dólares, de libras esterlinas, y de euros. No, le aseguró Vania, mi abuelo fue un pésimo administrador, mi padre intentó ser un buen administrador pero  los tiempos económicos cambiaron y bueno... No sé por qué quiso comprar esa casa, de todas maneras. Y en ese precio. Estaba sobrevaluada. Ahora... Es lo único que nos queda, prácticamente. Pero después de lo  que ocurrió, va a ser casi imposible, dijo Derek. Pero ¿que ocurrió realmente? preguntó Vania. No lo sé. Yo tampoco, respondió Derek. Pero por eso, porque no sabemos, ni tú sabes, ni yo sé, ni la prensa sabe, es muy difícil vender esa maldita casa. Ya hablé con la de Real Orange States; por más que tenga dos jacuzzis, una piscina, un jardín bellísimo, dos habitaciones de huéspedes, y un mini playroom, que  la puerta tenga detalles de Art Nouveau restaurados, que la escalera haya sido diseñada por Berhover, nadie va a querer comprarla. No hay ofertas. Hasta dentro de dos o tres años, cuando esto se calme, no va a haber ofertas. No tenemos dinero para soportar dos o tres años, fue la respuesta desesperada de Vania. Ni yo, ni Burdin, ni Wildred. Mi padre nos pasaba una mensualidad a cada uno. Vivíamos bien. No demasiado bien, no como cuando éramos niños, pero bien. Ahora...
Intenta vender la casa, dijo Vania. Está a nombre de nosotros tres, al menos papá la dejó a nombre de nosotros tres.
Pero ¿por qué se las dejó a ustedes tres? preguntó de pronto Derek. Aún no era un hombre tan viejo, tenía cincuenta años. Ustedes son muy jóvenes. Wildred recién tiene veinte. Si hubiera hecho testamento, tendría su lógica. Pero no hizo testamento. Les cedió en vida esa casa a ustedes, sus tres hijos.
Mi padre estaba raro, dijo Vania. Nuestra familia ¿qué sabes de ella?
No demasiado, salvo que siempre fueron muy ricos.
¿Ves? Yo sé exactamente lo mismo. Mi padre nunca hablaba de mi abuelo ni de mi abuela, y mamá murió tan joven. Y ahora ocurre esto.
Vania era muy delgada. Su nombre le cuadraba, pensó Derek: tenía ojos de rusa, oscuros y grandes y el cabello casi negro. Tiene solo veinticuatro años, y nada sabe de su padre, de sus abuelos ni de su historia. Como el resto de nosotros. Los Bärtok han sido siempre un misterio.
De todas maneras, dijo Vania, sé que no puedes solucionarlo. Bueno, me marcho.
Derek Ludmett, cuando se quedó solo, intentó recordar a Zacarías Bärtok. Lo había conocido después de diez años de representarlo en tribunales y no había vuelto a verlo hasta que decidió comprar esa casa. Tanto al asociado mayor del estudio jurídico donde Derek trabajaba, como al asociado menor, el precio les resultaba desmesurado. La casa, sin dudas, era hermosa, bien construída y restaurada, y cercana a Southhamptons Village y a un pequeño bosquecito. Pero por once o doce millones hubiera podido comprarse una casa tan buena como esa en alguna zona costera de Virginia o Maine. La mansión había estado desocupada por tres décadas, pero (cosa extraña) los dueños anteriores la mantenían limpia y en muy buen estado. Inclusive le habían hecho reformas modernas, siempre respetando su estilo Art Nouveau clásico, que constituía el cincuenta por ciento del valor de la casa. Pero a Zacarías Bärtok la casa le había gustado. La había comprado y se había ido a vivir allí, prácticamente solo, aunque  un servicio de limpieza tercerizado limpiaba la casa. Cuando se los interrogó a los del servicio de limpieza acerca de Zacarías Bärtok, dijeron que les parecía un hombre común, que quizás leía demasiado, que no parecía reconocerlos. Y que mucho más no podían decir, porque casi no les hablaba.
No había, ni para la policía local, ni para el FBI, secuencia de hechos. El viernes las mujeres del servicio de limpieza habían estado en la casa, habían limpiado, la heladera especialmente, y luego los cinco baños. Zacarías estaba allí; tranquilo, quieto, observando. Les dió una propina, pero siempre les daba propina. El fin de semana nadie venía a limpiar; de todas maneras, dijo Camila Sanchez, un hombre solo que apenas come apenas ensucia. Esa casa estaba siempre impecable. Ni un perro había para ensuciar; ellas limpiaban sobre lo limpio. El lunes, cuando llegó nuevamente el servicio de limpieza, Zacarías Bärtok no estaba. Había un libro en la cocina, abierto. Eso no parecía importante; el libro era L´Eternité par les Astres. Había un sandwich de tomate y queso a medio comer y un vaso de agua. Ningún rastro más quedaba de Zacarías Bärtok, que tres meses antes les había legado en vida la mansión a sus tres hijos.
Derek pensó que la semana siguiente debería volver a esa casa. Extrañamente, no había nada siniestro en ella. En Facebook y en Twitter habían llamado a la casa "La Mansión de la Dimensión Desconocida", pero cuando èl entraba solamente veía muebles, televisores, camas, ventanas; imposible, le había dicho el gerente de Real Orange States, ya hemos tenido casos así, vamos a tener que esperar un par de años o más para que la casa se venda y aún así se venderá por mucho menos de su valor real. El gerente era un hombre más bien gordo, casi calvo y sus dedos eran fríos como fideos y resbalosos como fideos.
Es toda la fortuna que queda de la fortuna Bärtok, esa casa, pensó Derek. Todo lo que queda de los Bärtok, simplemente ganancias y pérdidas en el rubro inmobiliario.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario