sábado, 4 de mayo de 2019
Ser madre y quejarse
Odio los comerciales sobre la maternidad que nos dicen que ser madre es tener paciencia y no quejarse. Vamos a decir la verdad: ser madre es quejarse. Ser madre es rezongar. Ser madre es perder la paciencia. Ser madre es admitir que aunque leamos todos los libros sobre maternidad consciente, alimentación sana, pedagogia práctica, reiki, horoscopo, shiatzu, en algún momento terminaremos comiendo papas fritas y llorando mientras vemos comedias sobre chicas solteras cuya mayor preocupación es la ropa que se van a poner esta noche y si contratar o no un striper para una despedida de soltera. Eso es vida, pensamos todas las madres. Que felicidad, que una amiga se case, contratar un striper y tomar (mucho) alcohol. Por más sui generis que seamos en la crianza de nuestros hijos, esa vida ya es como imposible. Por eso, después de ser madre, nunca entendí demasiado a mis padres: ¿por qué me dieron un hermano? ¿No les alcanzaba conmigo, que era caprichosa, lloraba por cualquier boludez, y tuvieron que traer al mundo a otro ser humano, casi o a veces más caprichoso que yo, que a esta altura de los cuarenta es mi querido hermano menor, pero cuando tenía diez años era el bobo que me sacaba la lengua y me destrozaba la Barbie? No las Barbies. La Barbie, la única que tuve en mi vida. Recordando lo que era yo de chica y lo que era mi hermano de chica, y comparando, mi hijo fue muy bueno. Ahora, de grande, bueno, cuando lo invito a que miremos una exposición de arte callejero en mi ciudad auspiciada por la Municipalidad, me dice que el arte callejero es vandalismo. En cualquier momento se une a la Acción Católica. Pero bueno, no me quejo.
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