sábado, 4 de mayo de 2019

Papá volvió a casa.

Mis padres se separaron cuando yo tenía cinco años. Por un tiempo esperé que mi papá volviera a casa. Después papá se casó con Marcela y tuvo a mi hermana Jazmín y mamá se juntó con Bruno y no tuvo otros hijos pero adoptamos a los tres pitbulls de Bruno y acepté que papá no iba a volver a casa. Mis abuelos, tanto del lado materno como el del paterno, estaban seguros que estaba supertraumatizado por ser hijo de padres separados y, cada Navidad y Día del Niño, me hacían regalos bárbaros, muchos mejores que los de mis primos. Recuerdo la Navidad del noventa y cinco por ejemplo, cuando a Agustina y a Leonel le regalaron juegos didacticos y a mí un Transformer y la colección completa de figuras de Thundercats, importada de Miami. Agustina y Leonel se largaron a llorar y mis abuelos y mis tíos los retaron. Un rato más tarde, Agustina me pintó toda la cara de rojo con un fibrón que sacó de su juego didáctico. Desde ese día, la odié, y me alegré mucho cuando me casé con una de sus mejores amigas, porque una de mis diversiones favoritas, cuando Agustina viene de visita a casa, en tren vamos a tomar el té y a hablar de nuestro pasado, es hacer un asado en el patio y dejar a los mellizos Román y Diego que jueguen no con una, sino con dos pelotas de plástico. Obviamente, al rato Agustina se va ofendidísima, pero callada, porque no puede decir nada de los hijos de su mejor amiga. Yo sé que los mellizos son como Riff y Raffe, pero bueno, uno se acostumbra a todo.
El problema es papá. Papá se casó con Marcela y tuvo a Jazmín. Hasta ahí íbamos bien. Pero después papá se separó de Marcela y tuvo varias novias. A mamá mucho no le gustaba y a Marcela tampoco, así que cuando se juntó con Gladys se pusieron recontentas. Pero con Gladys tampoco funcionó la relación. Principalmente porque Gladys seguía casada legalmente con su primer marido, con el que compartían la casa. Vendan la casa, le decía papá. No, ni loca, es una casita divina, está cerca del río, tiene parquet y jardincito al fondo, decía Gladys. Pagarle la parte al marido (o ex marido) de Gladys era bastante imposible, porque Gladys solamente tenía una jubilación mínima, y el marido (o ex marido) tampoco cobraba mucho más que ella. Así que durante cinco años convivieron en el chalet de Hurlinghm mi papá, Gladys y el ex marido de Gladys. A veces iba mi papá a hacer las compras, a veces iba el ex marido de Gladys. A la tarde, se sentaban los tres a mirar la novela. Cuando Martha, la hija de Gladys venían de visita, era todo mucho más complicado: los nietos de Gladys llamaban abuelo indistintamente al marido (o ex marido) de Gladys y a mi papá. Martha se desesperaba: no, no, ese no es tu abuelo, tu abuelo es este. Pero si también vive con la abuela, le contestaban. Bueno, si decía Martha, vive con la abuela, pero pasa que la abuela y el abuelo están separados, pero viven en la misma casa y no sé por qué no la venden de una puta vez, ya me tienen podrida y Martha agarraba a sus hijos y se iba. La cuestión es que papá en algún momento se cansó de ser el tercer habitante de esa casa y una noche de setiembre en la que Gladys le propuso hacer un viaje los tres juntos para conocer las Ruinas de San Ignacio (porque era jubilada tenía descuento) papá decidió irse. Se alquiló un departamentito en el centro. De día el estudio contable, de noche comía, a veces venía a mi casa, a veces a la de Jazmín. Hasta ayer a la noche.
Mi mujer se había ido a Alta Gracia, donde tiene un par de parientes y yo estaba con los melli, lavando el auto. Y lo veo. Con una valija con rueditas.
- Papá...
- Hola, hijo.
- ¿Qué haces acá?
- Me subieron las expensas y el alquiler. Casi no me alcanza. Y encima en el C hay tres estudiantes de la Universidad de la Matanza que practican eso, eso que salió en la tele el otro día. El poliamor. Dos chicas y un chico. Que degenerados.
- Bueno, papá, vos vivías con Gladys y su ex marido.
- Eso era distinto. Era porque Gladys no quería vender la casa. Pero esas cosas degeneradas del poliamor nunca hicimos. Un par de veces fuimos juntos a la cancha.
- Está bien, papá. ¿No tenés donde quedarte?
- Y, el viernes ya me dijeron que me tengo que ir.
- Bueno, vas a tener que dormir en el cuarto con los melli.
- ¿Son tranquilos, cierto?
- No, si son la calma misma. Bueno, mellis, el abuelo hoy duerme en casa.
- ¿Podemos ir a Mc Donalds para festejar?- preguntó Román.

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