lunes, 20 de mayo de 2019

De bastardos, inválidos y cosas rotas

La última escena de Got es puro homenaje a toda la historia de la serie: Jon -que no deja de ser Snow nunca del todo- internándose en el Norte, con Fantasma, el único lobo huargo domésticado que queda y el resto de los salvajes, castigado por asesinato, nuevamente en la Guardia de la Noche: el destino de su padre si no lo hubieran decapitado. En el medio ocurrió de todo, pero el último capítulo de Juego de Tronos tiene un aire de coda, como todos los finales de temporada de la serie, solo que este es el final de verdad.
Tyrion fue siempre, no sólo el preferido de muchos, sino uno de los héroes secretos de la serie. Lo más cercano a un ser humano común y corriente que hace cosas heroicas. Que termine como Mano del Rey, presidiendo un Consejo que está formado por Sir Davos, Brienne de Tarth, Sam y Bronn (excelente broma: todos amamos a Bronn, el mercenario leal, si tal cosa existe, y todos queríamos que tuviera un castillo) es lo mejor del final, porque todos pensamos que Tyrion fue una gran Mano del Rey.
El último dragón no murió. Si murió la última Targaryen que podía reclamar el trono y el trono desapareció, y la escena donde Drogon intenta revivirla y luego se la lleva deja abierta la leyenda: ¿donde van los dragones? ¿porqué renacieron con Daenerys? ¿volverán algún día? En la oscura magia de Westeros todo puede suceder.
Y Bran, el niño que amaba trepar, el que casi muere por culpa de su curiosidad y de la impetuosidad amorosa de Jaime Lannister, termina como rey. El, claro, ya lo sabe. Porque Bran no es más Bran Stark. No es un inválido. No es Google. Es el Cuervo de Tres Ojos y, como dice Tyrion, es la memoria de la historia de Westeros. Sabe que Arya se irá (¿alguien podría imaginar a Arya envejeciendo bordando en un castillo?) y sabe que Sansa querrá ser la Reina del Norte. Mejor, dice Tyrion, que Bran no pueda tener hijos, los hijos y los legados solo nos han traído problemas hasta ahora. Si usted lo dice, Mano del Rey, por algo será.

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