Eramos pocos en la sala. El intendente y su mujer, el viejo Dracmar y sus dos hijos, con sus esposas, la bibliotecaria y Nida, su mejor amiga, Julio Otranto, el viejo profesor de piano (estaba jubilado hacía cinco años y casi sordo, había dejado de dar clases por la artrosis), la familia Vermia en pleno, Barbie Durand, la chica que daba tercer grado en la primaria del pueblo y no se perdía ni un solo evento cultural ("este pueblo es lo más parecido a un desierto" me había dicho una noche después de las comparsas) y yo. Yo más que nada porque el intendente me había invitado y como revisto el cargo de Coordinador de Eventos me había parecido de mal gusto no asistir. La música clásica no me gusta -creo que no le gustaba a nadie de los que estábamos allí, excepto a Julio Otranto y a Barbie- pero dos horas de aburrimiento no son un precio tan alto en esta vida. Supuestamente, los músicos eran buenos: una orquesta de cámara de Mar del Plata, con muchas giras en Europa.
El hijo mayor de Dracmar parecía nervioso. A nadie en este pueblo le agradaban el viejo Dracmar ni sus dos hijos, ni siquiera a sus esposas. Los Dracmar siempre habían sido estancieros, desde que un bisabuelo bajó de una balsa en Santa Fe. Los tres hablaban de una manera extraña: un poco como criollos, un poco como prusianos, un poco como caciques. Había algo en ellos que repelía y por eso, quizás, habían empezado los rumores cuando Nélida había aparecido ahogada entre las totoras. Nélida era la hija bastarda del padre del viejo Dracmar y una criada media guaraní que trabajaba en el casco de la estancia; Nélida heredó los rasgos de su padre y el trabajo de su madre. Fue criada en la estancia durante diecinueve años. Dicen, los que la conocieron viva, que era muy bella: tenía los ojos azules, la nariz aguileña, los pómulos altos y el pelo cobrizo dorado. Era orgullosa y parca. Su madre murió cuando ella tenía diez años, pero Delmira, la cocinera de la estancia, la adoptó como protegida. A la madre del viejo Dracmar que una bastarda de su marido trabajara en la cocina no le molestaba: al, en aquel momento, joven Dracmar sí. Muchas veces, cuenta, la insultaba o le hacía hacer trabajos humillantes. La muchacha no protestaba.
Cuando Nélida apareció ahogada en la laguna nadie supo quién había sido, y tampoco se investigó demasiado. Solo dos hechos desataron murmuraciones: Delmira renunció a los dos días de encontrado el cuerpo, dejando a la estancia sin una de las mejores cocineras del país, y, a los tres años, la madre de Dracmar se ahorcó en su cuarto. El padre de Dracmar murió de neumonía poco después y Dracmar heredó la estancia y la fortuna de su padre. Se casó con una porteña, tuvo dos hijos, casó a sus dos hijos con profesoras del pueblo, enviudó. Nadie tenía nada en particular contra Dracmar, solamente no nos agradaba. Ni él, ni sus hijos.
De todas maneras, no entendía que hacían Dracmar y sus hijos en la sala. Siempre habían sido refractarios a todo lo que fuera cultura: les gustaban los cuchillos, los rebenques, las espuelas, la doma de caballos y la caza de liebres. Las mataban de varios tiros en la laguna y no las comían: extendían sus cuerpos al sol y sacaban fotos. Quizás, por eso, el nerviosismo del hijo mayor. ¿Los habría invitado el intendente? Podía ser: Massola, ex militante del Partido Intransigente, ex militante del Partido Radical, ahora afiliado al Movimiento Regional Entrerriano, tenía entre sus ideas modernizar este pueblo perdido y bastante chúcaro, donde la mitad de los niños de la escuela hablaban en guaraní y que se inundaba cada cinco años, con dos o tres muertos cada vez. Integrar al viejo Dracmar quizás era parte de los planes de Massola; invitarlo a un aburrido concierto de cámara era, tal vez, una primera forma de integrarlo. Porque el viejo Dracmar y sus hijos habían ido era un misterio, al menos para mí.
Empezó el concierto. Una suite para violín, una sonata y un minuet. Casi todos los que estábamos allí desconocíamos que en los conciertos de música clásica no se aplaude apenas acaba cada movimiento, sino cuando termina la obra completa y aplaudíamos igual La orquesta sonaba bien, afinada; el primer violín, que fue el único en el que me fijé la cara, tenía la piel clara, los ojos cerrados y el pelo largo, negro. Como era natural, casi no hablaron. Al principio se presentaron con breves palabras: luego empezaron a tocar, y todos empezamos a dormirnos, excepto Julio Otranto y Barbie Durand. Pero antes de empezar la última obra, el minuet, el primer violín habló:
- Este minueto es una obra clásica de Hans Purcell. Fue hecho por el encargo de un diuk - creo que el primer violín quiso decir duque pero lo pronunció mal, pero recuerdo perfectamente que lo pronunció diuk, no duque-, un diuk de Antandro que fue encarcelado injustamente, acusado de haber ahogado a una de sus siervas en una laguna cercana a su castillo. Durante tres años estuvo encarcelado el diuk, e incluso su cárcel llevo a la muerte a su señora esposa, pero luego se descubrió que era inocente y salió en libertad. Para celebrar su libertad le encargó a Purcell que compusiera este minueto. Es una de sus obras más conocidas. Por favor, disfrutenla.
Ninguno de nosotros la disfrutó demasiado. La mayor parte siguió en un sopor, y cuando los músicos dejaron de tocar y aplaudimos, todos los sentimos levemente aliviados. La próxima vez, pensé, que Massola me obligue a venir a uno de estos hechos culturales, voy a mandarlo a la mierda. Me levanté, el intendente y yo le entregamos una plaqueta al primer violín, dijimos un par de palabras de compromiso y los músicos se marcharon.
En la entrada de la sala estaban Julio Otranto y Barbie, discutiendo. Julio Otranto parecía destemplado: hay muchas cosas que destemplan a Julio Otranto, debo decir. Los perros en su vereda. Las moras que caen sobre su vereda. Los niños que dejan cáscaras de naranja en su vereda. Las vecinas que se ponen a chusmear en su vereda. Los novios que se ponen a besarse en su vereda. Cada quince días la municipalidad recibe una carta de queja de Julio Otranto, cosa que disfrutamos mucho y se las respondemos todas. Medidas para prohibir los perros, las moras, los niños, las vecinas chismosas y los novios aún no se nos han ocurrido, aunque el siempre tiene sugerencias. Pero esta vez el motivo de discusión no eran las veredas, sino Hans Purcell.
- No conozco ese minueto- decía Otranto.
- Bueno, señor Otranto- decía Barbie- no tiene la obligación de conocer toda la obra de Hans Purcell.
- No le permito, señorita Durand- dijo con severidad Otranto- Mi colección de música clásica es una de las más completas de la República Argentina. Tengo ochenta y cinco años y soy profesor de piano desde los quince. No creo que ese minueto sea de Hans Purcell y si lo es, no es uno de los más conocidos, como dijo negligentemente el primer violín.
Barbie alzó las cejas, encogió los hombros y me miró, buscando ayuda.
- Claro- dije yo- no todo el mundo tiene la obligación de ser un exquisito en música clásica como el profesor Otranto.
- Claro-me siguió Barbie, aliviada.
- Celebro que apoyen mi punto de vista. A propósito ¿han recibido en la municipalidad mi última carta? Hace dos días terminaron las clases de la secundaria y los alumnos llenaron mi vereda de hojas rayadas y cuadriculadas cortadas en cuadraditos. Yo, mi hija y mi nieta estuvimos una tarde entera barriendo.
- Ya la hemos recibido, profesor Otranto- fue mi respuesta- y pronto la contestaremos.
El y Barbie se fueron al ratito, porque el novio de la nieta de Julio, que es amiga de Barbie, los pasó a buscar en el auto. Me encontré solo con Massola y le comenté:
- Medio aburrido el concierto, pero buena idea la de invitar al viejo Dracmar y familia. Igual es raro que hayan venido.
Massola se empezó a reir.
- Si, el concierto fue un plomo. Pero ¿de donde sacás que yo invité al viejo Dracmar? Ni se me hubiera ocurrido. Lo invito a veces a algunos actos, y no viene. Vamos, lo conocemos al viejo Dracmar desde que somos chicos ¿quién lo invitaría a un concierto?
- No sé, se me había ocurrido.
- Poca gente, che, una lástima.
- Si, cierto
Al otro día me desayuné con la noticia en la municipalidad. ¿Te enteraste lo que pasó, dijo la coordinadora de Talleres de la Comunidad? El viejo Dracmar y sus dos hijos. Se mataron en la ruta. Las dos nueras están graves, pero zafan.
Pobre viejo, pensé. Pobres hijos. Aunque mejor por ahí mejor morir así que de cáncer o ahogado. No sé porqué pensé en morir ahogado; por ahí porque al lado de la ruta están las zanjas llenas de aguas y de totoras y de garcitas, que son una belleza. Hay gente que se ahoga ahí, a veces, más seguido de lo que a uno se le ocurriría.
- Bueno, publiquemos en las redes sociales una nota de condolencia. En el periódico del pueblo también.
Pasaron los meses. Las nueras del viejo Dracmar, como dijo la coordinadora, zafaron. Una quedó con una placa en la cadera, a la otra le cuesta un poco hablar. Ninguna de las dos recuerda esa noche y están pensando en mudarse a Córdoba, con sus hijos. Un día, en el acto inaugural del año escolar, me encontré con Barbie. Estaba comiendo sanguchitos y tomando Coca Cola e impidiendo que el hijo menor del intendente se peleara con una de sus compañeras.
- Massola, portate bien, que está un amigo de tu viejo. Hola, che, vos sabés que hace rato que quería hablar con vos. Me pasó algo raro. ¿Vos sabés que yo colecciono los programas de las actividades culturales que se hacen en este pueblo?
- No, ni sabía- dije riéndome- Tenés razón, este pueblo es lo más parecido que hay a un desierto cultural.
- Contamelo a mí. Si no fuera por lo de mi viejo, yo ni habría vuelto de Avellaneda. Extraño los shoppings, los cines, el amontonamiento de gente en los bondis. Pero ¿cómo contactaron a la orquesta de cámara que vino esa vez, la noche antes que la muerte de los Dracmar?
- Ni idea, che.
-Bueno, creo que yo fuí la única que guardó el programa. Me gusta coleccionarlos, que se yo, cada una tiene sus manías. El otro día lo encontré en el placard, mientras ordenaba la ropa. Vi ese especial sobre la magia del orden y me agarró la loca. La cosa es que se me dió por googlear en el celu el nombre de la orquesta de cámara. Orquesta de Cámara Paganini, de Mar del Plata. Lo que es estar al pedo.
- ¿Y que pasó?
-No existe ninguna Orquesta de Cámara Paganini en Mar del Plata. Ni en toda la provincia de Buenos Aires. Ni en toda la Argentina. En cuanto al minueto, es triste para mí decirlo pero el viejo loco de Julio Otranto tiene razón: no es un minueto de Henry Purcell. Revisé por todos lados, Wikipedia, You Tube, sitios de música clásica. Me pasé horas escuchando minuetos de Henry Purcell, repitiendo, buscando. ¿No es raro?
- Lo raro es que Julio Otranto tenga razón en algo. Que no te oiga.
Barbie se rió.
- En lo de las moras también. Mirá, el otro día pasé con esta blusita por su vereda y mirá como me quedó la bambula clarita. ¿Con que saco esta mancha? Massola, dejá de hacer llorar a Jessica, hace el favor. Es la piel de Judas este pibe.
Cuando volví a encontrarme con el intendente le pregunté quién le había dado la idea de traer a la Orquesta de Cámara Paganini de Mar del Plata a nuestro pueblo. Me miró extrañado.
- No sé, creo que de mi Facebook. Me apareció el anuncio y no me pareció mala idea; no cobraban caro, en realidad cobraban mucho más barato que otras actividades de ese tipo. Ni pedían hotel ni catering. Medio raro, sabes que todos los artistas que la Muni contrata casi siempre piden esas cosas. ¿Por qué?
- No sé, la Barbie, la maestra de tu nene dice que no existe ninguna Orquesta Paganini.
- Esa es una loca bárbara- minizó Massola.
Me fui de la Municipalidad. Me fuí caminando hasta mi casa, que queda en las afueras del pueblo. Mi hija, que es compañera de la secundaria de una de las nietas del viejo Dracmar, me esperaba en la puerta, enloquecida.
- La mamá de Quinquin y Quinquin se mudan a Córdoba, al final. Y mirá lo que me regaló, una caja llena de bijouterie vieja, cosas medio oxidadas, pero mamá dice que si las pulo van a quedar bien. Mirá lo que es esta pulsera. ¿Puedo usarla en el cumpleaños de quince de Daiana? Y mirá este relicario, con una foto. ¿No es lindo, lindo?
Abrí el relicario, miré la foto. Di vuelta el relicario, leí grabado el nombre José Antonio Dracmar, el nombre del padre del viejo Dracmar. Volví a mirar la foto. Mostraba a un hombre de piel muy clara, ojos cerrados, y pelo largo, negro. Un hombre con cara de violinista.
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