domingo, 5 de mayo de 2019

Sobre ciegos

                                                                             in memoriam Elina Tejerina

Me enteré que murió. No lloré. No lloré por él. No vale la pena. Murió como iba a morir. Quedarán detrás de el varias viudas y varios viudos y varios muertos. Pero de el que no me hablen. Nunca soportó ser menos que alguien. Siempre quiso ser Borges y después, como hay tantos aspirantes a Borges, quiso ser el Che Guevara. Ah, el viajaba a Cuba. Ah, el era amigo del inútil de Masetti. Ah, el ya figura en mi historia. Yo, y mis dos hijas, la muerta y la viva, una notita al pie. Maria Victoria se suicidó por tu culpa le escupí en la cara la última vez que vino a verme. Esa carta de mierda que escribiste para dar lástima a tus amiguitos intelectuales del exterior te la podés meter bien en el orto. Y esperemos que a la más chiquita no le pase nada por culpa tuya, porque vos, que siempre andás cargado, que siempre tenés amartillado un revólver, cuidate de que un día a mi, a tu ex mujer, a la que no es revolucionaria como la Piri ni como la Lila, la pequeña burguesa que solamente es maestrita de ciegos, no, que boba,  le de la loca y vaya a tu casa y te saque los ojos con cucharas y te reviente la cabeza a mazazos. Se fue en cuanto le dije eso. Ganas de hacerlo tenía, que no se haga problemas. No lo hice porque no soy el. Y el, ya lo sabía, ya  estaba muerto por dentro. Lo que hicieron los servicios después fue completar la tare. Un ciego, pienso, guiando a otros ciegos.

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