Los otros se habían ido, pero como Durand tenía la llave no nos preocupaba. Tenés que estirar bien lo musculos, decía Durand. Pasate crema, decía Durand. Hoy nos fue mal, pero la próxima, decía Durand. La próxima no nos iba a ir bien, ya eran nueve derrotas al hilo, y encima el vestuario y las duchas que estaban en el subsuelo y que no se limpiaban casi nunca -dos veces al mes la esposa del cuatro y del nueve le daban una repasada con cloro y limpiador de vidrios-; todo olía siempre a sudor, a media sucia, a trapo viejo, y un poco (con lógica) a sangre. Bueno, ahí estábamos los tres, Durand, el Barra y yo, y ya era muy de noche, pero no nos importaba porque Durand nos iba a alcanzar con el auto hasta nuestras casas. Ya nos habíamos duchado, hacía frío pero nos habíamos vestido.
- ¿Les contaron de los diez que murieron? - preguntó de repente el Barra.
- Dejá de joder, Barra. Dejá de joder- le dije yo.- Dos veces al año contás la misma historia.
- Si- dijo Durand- Además, todos en Atlético Oeste conocemos la historia de los diez que murieron. Fue hace mil años.
- Setenta y cuatro años.- corrigió Barra- Y fué acá mismo, en los vestuarios. Murieron en el incendio. Como era un sótano, apenas seis lograron salir. Había un braserito a querosen, que explotó. Fué lo único que se supo.
- Que historia de mierda- contestó Durand- Dejá de contarla.
Entonces empezó el ruido. Juro que al principio no lo oí, mezclado con el sonido dela ducha cinco y la ducha siete, que goteaban. Era como un crepitar, como un ruido blanco, pero mezclado con voces. Voces sin palabras. Murmullos.
Creí que era yo solo, y me quedé quieto, como esperando. Entonces Durand me preguntó:
- ¿Qué? ¿Vos también lo oís?
- Si- dije yo- Alguno se debe haber olvidado una radio.
Buscamos la radio por todos lados, pero no encontramos ninguna. El ruido crecía.
- Bueno, vámonos- decidió Barra- Si algún boludo se olvidó una radio acá que la busque mañana. Si se la afanan, que después no se queje.
Estuvimos de acuerdo. Fuimos hacia la puerta. Antes no se cerraba la puerta del vestuario, quedaba siempre abierta, pero una tarde, después de un histórico triunfo tres a cero contra Sportivo Acebal, vinieron a reportear del canal de la universidad de nuestra ciudad y salimos la mitad de nosotros en vivo y en pelotas. Desde ese día, cerramos la puerta, sin llave, claro. La llave que tiene Durand es la de la entrada del club, por calle Schultze. Pero esta vez la puerta del vestuario estaba cerrada como con llave.
- No sabía que esta puerta tenía llave- dijo Durand.
- Yo tampoco- dije.
- Esperá que llamo al manager del club.- nos dijo Barra. - Un segundo. Che, esto es raro, mi celular está descargado.
- El mío también- observó Durand.- ¿El tuyo, Tauri?
- Se me rompió hace tres días el celu.
- Ah- dijo Barra.- Que macana, che.
- Decímelo a mí.
Nos quedamos callados. El ruido - que antes era tenue- era cada vez más fuerte. Voces, voces que no decían nada. Susurraban. Era como si un fuego estuviera hecho de voces pero no de palabras. Como si un fuego estuviera hecho de voces pero no de palabras. ¿De donde saque esa metáfora, pensé?
- Está haciendo calor- observó Barra.
- Si, es más bien raro, estamos en pleno julio.
- Vamos a seguir buscando la radio, ya que estamos acá al pedo- propuse.- Cuando no volvamos a nuestras casas, nos van a buscar.
El Barra y Durand estuvieron de acuerdo. Nos dividimos. Yo en los lockers, el Barra y Durand en las duchas. No sé por que no fuí con ellos. El ruido seguía; no me gustaba ese ruido. Y hacía mucho calor. Tuve que sacarme la campera.
- Acá no hay nada- dijo el Barra.
- Fijate arriba de las duchas o en las sillas. Entre las sillas- dijo Durand.
Yo abrí los cuatro o cinco lockers. No encontré nada. Un porro a medio fumar -del cinco seguro-, una tarjeta membresía del Club del Vino, diez medias sueltas, dos calzoncillos rotos y una colección de Olé. Igual, fui concienzudo: dí vueltas las medias, sacudí los calzoncillos, revisé con cuidado entre los Olé y entonces me di cuenta de que no oía más a Durand ni a el Barra.
- ¿Qué pasa, chicos? ¿Se están besando?
Pensé que me iban a putear. Pero nada. Voy para las duchas, me dije. Aunque por ahì se están besando de verdad, y no sé que voy a hacer en ese caso.
Ni Durand ni Barra estaban en las duchas. Grité sus nombres. Eran gritos débiles. El ruido de esas voces como de fuego era más fuerte. Pero ahora distinguía las palabras. Algunas palabras: hoy nos fue mal pero la próxima, hoy nos fue mal, pero la próxima, si se la afanan, que no se queje, si se la afanan, después que no se queje, si se la afanan, después que no se queje.
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