lunes, 13 de mayo de 2019

Bombo, el reaparecido

Cuando la revolución proletaria, que tanto se había discutido durante el siglo XIX por diversos filósofos políticos, terminó ocurriendo no en las industrializadas Inglaterra o Norteamérica, sino en la prácticamente premoderna Rusia, Trotsky intentando explicar esté fenómeno creo un concepto novedoso, al menos a nivel histórico político: el desarrollo desigual y combinado. La novela Bombo, el reaparecido, de Mario Santucho es una buena descripción de lo contradictoria que es la historia y la sociedad argentina, alternando paisajes del monte tucumano y de las zonas urbanas, y narrando la historia de un guerrillero del ERP, el Bombo. Y quizás lo más interesante sea la variedad de voces que, desde el presente, cuentan y se contradicen acerca de una historia que, contrariamente a lo que sostienen los historiadores, es prácticamente imposible de reconstruir de una manera absolutamente coherente. No solo el autor no puede definir si su protagonista está vivo o no; ni siquiera hay una sola versión acerca de su muerte, sino varias. En todo caso, lo que la novela finalmente deja en claro es que reconstruir la historia completa de la violencia política de los setenta (como muchas veces se exige) es imposible: hay tantas contradicciones que aparecen apenas se narra esa historia, porque no solamente quebró el orden político hasta ese momento existente: también quebró historias familiares, amistades, relaciones de pareja. Cosa que quizás suene nimio a nivel análisis político, pero de la cual las personas nunca pueden sustraerse. La política, por suerte, no decide sobre todos los ámbitos de nuestras vidas: pero cuando la política se piensa violentamente, tanto desde la derecha como desde la izquierda, si comienza a correrse ese límite y los resultados de la violencia en la política nunca son previsibles. No fue previsible lo que ocurrió en Cuba en 1959 pero tampoco el triunfo del nazismo en Alemania. Y sin embargo la política sigue siendo violenta, como bien observa Mario Santucho: es una violencia mucho más micro y mucho más difícil que detectar que la que ejerce una dictadura, por lo cual, en todo caso, la izquierda debe pensar como puede repensarse a sí misma ante un mundo donde todo parece directa o indirectamente controlado y vigilado de alguna manera. De todas maneras, mi visión no es derrotista: no olvido que, aun cuando sigue existiendo la explotación del hombre por el hombre, ya nadie (o casi nadie) considera que es de  extremistas  socialistas que las personas tengan derechos, como hace un siglo atrás. En todo caso, el nivel de estandar de vida se elevó en los últimos setenta años de manera exponencial: en 1945 una persona con tuberculosis moría, fuera pobre o rico. En la actualidad, el promedio de vida es de cerca de setenta años y va en aumento. Y, a diferencia de comienzos del siglo XX, no es una vida  con extremas complejidades. Pero no debemos olvidar que, a diferencia de lo que el neoliberalismo muchas veces pregona, cada derecho que hoy en día poseemos fue conseguido gracias a la lucha de muchos mujeres y hombres de nuestro pasado, no dados bondadosamente por el sistema capitalista.

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