domingo, 12 de mayo de 2019

Alimentación ¿saludable?

Lo curioso del mundo moderno es que casi nadie come lo que quiere realmente, sino lo que puede. Hace ciento veinte años atrás el sexo era tabú y la alimentación era algo natural, que se hablaba cotidianamente. Hoy en día es exactamente al revés: se habla de sexo incluso en televisión abierta, pero casi nadie habla de como nos alimentamos. Y va más allá de la gordura, la anorexia, la diabetes, el colesterol y demás problemas asociados a la comida. En realidad, en este mundo hay demasiada gente que come demasiado poco o casi nada y hay demasiada gente preocupada por su dieta diaria y por el volumen de su masa muscular. Tengo la triste la sospecha de que en la época en que no se hablaba de sexo, se practicaba mucho más que ahora que todo el mundo relata sus proezas sexuales ante cámaras. Pero no tengo porque desconfiar de las proezas sexuales de otra gente, porque estoy hablando de comida. Hace años que en Argentina es muy difícil encontrar un producto que no sea transgénico: las personas veganas se ponen contentas cuando comen hamburguesas de soja, pero no saben que usualmente esa soja es transgénica (tan transgénica como la que comen los cerdos chinos), es decir, soja rociada con glifosato. Que está prohibido en Europa desde hace años pero aquí, misteriosamente, se sigue utilizando. No sólo se sigue utilizando; se desmontan miles de hectáreas de monte nativo en la zona chaqueña, matando animales y plantas y además, condenando a la miseria a las personas que viven allí. El veganismo propone dejar de comer huevos y de tomar leche para que las vacas y las gallinas no sufran. Pero el veganismo es un movimiento urbano. No sabe que la mayor parte de los trabajadores rurales, que sufren sobreexplotación y que trabajan de sol a sol, dependen muchas veces de diez gallinas y una vaca para poder tener comida para ellos y sus hijos todos los días, además de una pequeña huerta familiar. No saben, porque piensan que la gente que vive y trabaja en el campo es mala porque mata vacas, corderos o cabritos para comer y no les tienen lástima. La gente en el campo gana mucho menos dinero, generalmente, y trabaja mucho más que una persona que vive en una ciudad y casi siempre es mucho más ecológica. Podría pensarse en un mundo vegano o vegetariano si todo el mundo estuviera de acuerdo: como es evidente que es imposible que todo el mundo esté de acuerdo, la presión de movimientos veganos hacia personas que son mucho más pobres que ellos y que trabajan diariamente me parece, al menos, sumamente clasista. Uno puede elegir ser vegano como uno puede elegir ser de Racing: ahora, hacer de eso un fundamentalismo mientras hay chicos en la puerta de los Mc Donalds pidiendo comida es pura queja inútil. Hay mucha más sangre derramada, y mucha más explotación, muchas veces, en un celular de alta gama o en un ropa deportiva importada que en una tira de asado.

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