martes, 23 de octubre de 2018

Una batalla perdida.

Le decían Filipin porque era pequeño y delgado y escurridizo. A veces era lustrabotas, a veces ladrón; lo que viniera, decía su hermano, que era ladrón declarado ya y orgulloso de su oficio de carterista. A él no le gustaba andar en el centro, donde la gente generalmente lo trataba mal, si lo veía, porque la especialidad de Filipin era ser invisible. En la casa de su mamá (que había muerto) había tenido una gallina tuerta a la que amaba especialmente. Ahora estaría muerta, pensaba, los vecinos la habrían hecho puchero. El único que lo cuidaba era su hermano y el viejo andalus del bar donde a veces iba a lustrar zapatos. Era un orgullo para el lustrar zapatos. Robar le gustaba también pero ya no tanto, porque tenía miedo de que lo atraparan. Ese día había andado todo el día por el centro y estaba cansado, pero algo de plata había hecho. Se compró un alfajor en un quiosco, el quiosquero casi no le había querido vender y lo había echado, pero el le mostró que tenía toda la plata y se lo vendió igual. Se comió el alfajor en el tren y llegó a su casa en la villa; no estaba tan mal construida, su hermano había puesto unos mangos y aunque faltaba el baño y parte de un techo se podía vivir. La mujer de su hermano, que era gorda y rezongona pero en el fondo buena, estaba preparando mate cocido con azúcar y tortas fritas para merendar. ¿Hiciste algo hoy? le preguntó, y él le mostró los billetes arrugados. En la televisión hablaban de un combate. "¿Es una película de guerra?" le preguntó a su tía, y ella le dijo no, no, parece que hay un lío en Monte Chingolo, ya sabés, esos guerrilleros de mierda. El se quedó mirando la televisión, los estruendos y los tiros. Su tía le dió una torta frita y una taza de mate cocido. "No nos alcanza la plata para nada" dijo y él se arrepintió de no haberle robado a esa señora que tenía una cartera muy fina y que olía a perfume, pero que lo había mirado como desde arriba y se había quejado al viejo andalus de que ese chico estuviera en el bar con su equipaje de lustrabotas, si a esa hora no había nadie con botas ni con zapatos para lustrar. El andalus solamente la había mirado, sin contestarle. La señora se había ido, un poco ofendida y con aire de que nunca más piso este antro. "Seguro que debe ser cornuda" le dijo por lo bajo el andalus a él mientras ella se iba y el se rió un buen rato. Ahora en la televisión hablaban de otras cosas y cómo su tía parecía muy preocupada por los precios de las cosas, pensó que era una buena historia para contarle. A su tía también le pareció muy divertida y se puso a ver la novela con él; dentro de un rato, le dijo, empiezo a picar las cebollas para el guiso.

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