miércoles, 17 de octubre de 2018

Un aire de familia. 20 parte.

Al otro día, Samuel se sorprendió de que Hertz estuviera despierto y cocinando bistecs. De día, sin las luces mortecinas de París, era menos rubio y estaba indudablemente desgastado. Podían verse las manchas de grasa y de ceniza en su ropa y advirtió que el departamento donde vivía estaba irremisiblemente sucio, con hollín pegado incluso en el mantel rojo.
- No te sorprendas tanto de que esté despierto- le dijo Hertz, cómo leyéndole el pensamiento- El cognac y la cocaína son mala combinación. A veces mi cuerpo no sabe si despertarse o dormir. Ahora estaré lúcido, por unas horas. Y estuve pensando que lo mío es irremisible, y ya no saldré de París y a lo sumo algún día volveré a mi madre patria. Pero tú... Sabes de ajedrez. ¿Por qué no haces algo con eso?
- Porque no soy un gran jugador- dijo Samuel.
- Sé que no lo eres- dijo Hertz. - Eres del común. Aquí en París. Pero ¿has oído hablar de Sudamérica?
- Está muy lejos- dijo Samuel.
- Oh, sí- dijo Hertz- Dentro de poco se jugará un torneo mundial de ajedrecistas. En Buenos Aires.
- Me han invitado.
- A mi también. Lo que indica lo desesperados que están. Quizás puedas hacer algo allí.
- ¿Cómo qué?
- Ganar.
Samuel se quedó callado.
- Hertz, apenas te conozco pero eres un idiota. No ganaré nunca. A ese torneo irá incluso Capablanca. Yo soy un hombre del común.
- Pero piénsalo- murmuró Hertz, y entonces Samuel olió el alcohol- si ganas muchas partidas allí, quizás consigas una visa, alguna manera de sacar a tu familia de donde están. Además Buenos Aires es una broma aquí en París. Allí no hay nada. Un ajedrecista regular aquí quizás sea un genio en esa ciudad.
- Pero estaré abandonando a Hannah y a Judith a su suerte, si me marcho.
- Ya están a su suerte. Ya las abandonaste.- fue la respuesta de Hertz,  y en ese momento la furia de Samuel, que nunca había estado furioso, subió cómo una espuma desbocada. Con su mano derecha le pegó dos puñetazos a Hertz: uno en la nariz y otro en la mandíbula.
- Supongo que lo merezco- dijo el otro, limpiándose la sangre.- Pero ya las has abandonado. Te quedas aquí para que te maten. Y tienes razón, en el fondo. Mereces tu suerte, cómo yo merezco la mía. Si los alemanes invaden París, yo no moriré. Tu sí. Morirás fusilado o quemado o ahorcado. No te tengo lástima. Bastante lástima te has tenido; no te alcanzaba con tu vida en un pueblo perdido ni te alcanzaba tu vida en una ciudad con tu mujer y tu hija. Nada era suficiente. Y ahora quieres ser un mártir. Te aclaro algo: ¿sabes por qué no me matarán los nazis cuando invadan esta ciudad? Porque yo he sido un nazi. Sé cómo piensan mis antiguos camaradas. Quizás muera por la cocaína o el alcohol o en algún baño público, pero al menos no moriré cómo tú. Eres cómo yo, o peor que yo, porque yo nunca hubiera abandonado a Heiderberrg ni a Katherine. Y tuviste suerte de ser amante de ella y no me extraña que te haya dejado para irse a Rusia, aunque no creo que llegue nunca. No hay morfina en Rusia. Compadezco a tu mujer, a tu hija, a tu padre, a tus suegros, a tu madre y a todos ellos. A tí no te compadezco. Has tenido todo lo que hubiera querido yo en la vida y has renunciado a ello porque sí, porque no soportaste ser otro judío más en un pueblo perdido en Europa. Ahora es tarde.
Samuel se quedó callado. Cada palabra era casi una navaja porque era lo que había pensado durante todos esos meses.
- No te preocupes por los golpes- terminó Hertz- A mi la sangre no me asusta. Ahora márchate. El portero creerá que otra vez he traído a otro hombre a pasar la noche.


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