Cuando Samuel recordara esa etapa de su vida, esa primavera, ese verano e incluso hasta entrado el otoño, solo recordaría una gran oscuridad. Grandes cosas pasaban en el mundo aparentemente, Madrid estaba por caer, Picasso pintaba, los surrealistas y los dadaístas, y Heminway y Doss Passos y todo el mundo leía en los diarios la inminencia de la guerra y Samuel solo pensaba en su familia, a la que había detestado por tanto tiempo. Judith jugando con las cintas de seda de su madre mientras Hoffman le contaba por centésima vez el cuento de Cenicienta, y Hannah preparaba varenikes con aceite usado por centésima vez; su madre retándolo por no despertarse temprano, su padre fastidioso y pidiéndole que trajera el agua para lavarse las manos empapadas en sangre de cerdos, su suegro burlándose de la Torah y suscitando un apocalipsis familiar en pleno sabatth, el rabino joven y torpe que no se sabía aún sus cantos y del que todos se burlaban y al que había visto llorar en silencio y al que no había consolado. Esto, pensaba Samuel y lo pensó toda su vida, es peor que la muerte, peor que el destierro. No poder estar nunca más con la gente de la cuál había pensado durante toda su corta vida que le arruinaban la existencia. Ahora era libre, como Katherine; podía dedicarse si quería a la morfina o encontrar el amor de su vida en algún callejón de París o hacerse rico. Tendría, pensó durante todo ese tiempo, que haberme quedado en mi pueblo natal; quizás sería desgraciado allí,pero moriría con los míos. Soy un paria.
Quizás hubiera desoído a Hoffmann y hubiera regresado con Hannah si no hubiera sido que, una tarde de lluvia, entró a un café donde se jugaba ajedrez. Uno de los jugadores le llamó la atención; era alto, rubio, de ojos muy claros. Casi no hablaba. Perdió dos partidas y parecía no tener interés en el juego. Miraba la calle empedrada a través del vidrio del bar, como si buscara algo. Quizás porque parecía tan desamparado cómo él, se sentó a jugar. Ganó tres veces, y en dos hicieron tablas. Era un buen jugador, advirtió enseguida Samuel. Era solo que su corazón no estaba en el juego.
- ¿De que país eres?- le preguntó Samuel de pronto.
El otro se sobresaltó.
- Soy alemán.- le dijo.
- Ah- contestó Samuel.
Al cabo de un rato le dijo, como respondiendo una pregunta que el otro no había hecho:
- Yo soy judío.
- Claro- dijo el otro.
-¿ Eres nazi?
El otro se quedó callado.
- Esa es una pregunta compleja
- No lo es- dijo Samuel.
- Si, lo soy. O lo era. No sé ahora que soy. Si me pagas un trago, te contaré mi historia.
- No tengo tanto dinero.
El otro suspiró.
- Bueno, te la contaré de todas maneras. De todas maneras, en mi cuarto tengo cognac y cocaína de sobra para pasar la noche.
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