martes, 2 de octubre de 2018
Manuel Puig
Me pareció siempre que el que quiera encuadrar a Manuel Puig en la literatura queer va por un camino errado. Manuel Puig no es para nada queer. Su obra maestra, "Boquitas pintadas", no tiene una sola mención a la homosexualidad y si la tiene está veladísima. Leí a Manuel Puig a los nueve, diez años y lo entendí perfectamente. Puig es la argentinidad pura; nadie tiene el registro oral de Puig, ni siquiera Cortázar o Piglia o Sabato o Borges. Puig es pura telenovela; sus personajes son trágicos y mundanos al mismo tiempo, y entran en la estrechez del pueblo chico. Nadie puede existir afuera de ese pueblo, porque el que se va es un traidor. Y más traidor aún si cuenta sus historias. Puig entendía perfectamente la carta que estaba jugando al publicar Boquitas Pintadas. Estaba quemando las naves. Su pueblo de origen le iba a perdonar que fuera gay y que triunfara, pero nunca que contara las miserias propias. Los secretos que se ocultan en los lugares pequeños y cerrados son, generalmente, peores que los peores secretos de guerra. Probablemente Puig ficcionalizó un poco, pero ficcionalizar generalmente es peor. Queda siempre la sospecha de lo que el autor realmente está contando. ¿Habrá sido verdad? Unos cuantos años después Puig volvió a la carga con El beso de la mujer araña, ahí también jugó cartas fuertes. Nada más incómodo que un gay y un preso político juntos, encima un gay medio colaboracionista con el jefe de la prisión, pero que sin embargo al salir de la cárcel se termina inmolando por una causa en la que él no tenía, en principio, nada que ver, que era la de su compañero de presidio. Muy incómodo para la visión glorificada de izquierda que se tuvo en lo 70; fuimos todos víctimas. Hasta ahora la izquierda se sigue pensando muchas veces como víctima y no asume que la derecha, en algunos casos, plantea asuntos políticos razonables. Es la diálectica del nunca acabar. No admiro a Puig por ser gay, ni por ser escritor, y nunca me pareció exactamente un perseguido político (siempre fué más bien un gran best seller); lo admiro porque radiografía la Argentina tal cual es, como García Marquez hace con Macondo. Estamos acá, somos estás mujeres y varones que guardan secretos terribles y a su vez se desesperan por un mantel quemado por un cigarrillo y unas masas con crema. A más de eso, no pasamos.
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