lunes, 8 de octubre de 2018

Un aire de familia. 16 ° parte

"Aquí las cosas están bien" le decía Hannah a Samuel en su última carta. "Hago trabajos pequeños de costura, pero algo me pagan. Judith está mucho mejor. El médico me dijo que tengo que llevarla cerca del mar, pero yo le dije que el dinero no me alcanzaba y lo entendió. Salimos a caminar todas las tardes, aunque a veces algunos niños nos miran de reojo y algunas mujeres también. ¿Será porque ella es tan delgada? Hoffmann nos trae dulces a veces, lo cual le agradezco porque es un lujo que ya no puedo permitirme. Espero que en París haya buen tiempo, aunque Hoffmann me ha dicho que es la ciudad más húmeda y fría del mundo."
Sí que hacía frío ese invierno, pensó Samuel. La helada llamaba a los cuartos, pero incluso en los cuartos hacía mucho frío, y las viejas prostitutas ya no eran cálidas y las prostitutas jóvenes viajaban a países más cálidos, como Brasil, América o Argentina, donde según parecía el sol era eterno. Los niños morían de tuberculosis y de varicela y las madres ni los lloraban, porque había otros niños a los cuáles atender. Cada vez era más difícil vender joyas de oro verdadero, sólo a los realmente ricos y estos también estaban pensando en viajar. Los únicos deslumbrados con París (vaya ironía) eran los ricos argentinos, que invitaban a cualquiera que hubiera publicado un librito en tres cuartos de tapa dura a la Gran Buenos Aires, que por lo que pudo entender Samuel estaba al sur del sur, y donde las vacas aparentemente eran felices y libres, al igual que las gallinas y los gauchos cantaban.
También a Samuel lo tentaron. No por sus poemas, ni por sus pinturas, sino por su capacidad para jugar ajedrez, lo cuál lo sorprendió un poco. Se consideraba, sí, un buen ajedrecista, pero había visto en muchos bares de muchas ciudades a gente muy capaz de rematar a veinte contrincantes mejores que el con tres o cuatro movimientos. Aparentemente en Buenos Aires no había nada, o casi nada. Un desierto rico en vacas y gallinas, pensaba Samuel con un poco de ironía, exactamente lo contrario a Europa, ese polvorín lleno de gente dispuesta a odiarse por un pedazo de pan. Aunque rechazó la invitación, pudo venderles muchas joyas realmente valiosas y algunos géneros de seda. Ese dinero se lo envió a Hannah, con la esperanza de que pronto llegaran nuevas cartas.
Ese invierno fué duro, eso fue cierto, pero peor fué la carta que le llegó a principios de primavera. No era de Hannah. Era de Hoffmann.
"Tus vecinos" decía "han entrado en tu casa y han roto todo, incluso la máquina de coser de Hannah. Ella y tu hija se han salvado porque no estaban allí. Les ha dado refugio una de sus viejas clientas, que tiene un piso en el ghetto de la ciudad. Si quieres enviar dinero, envíamelo a mí. Te doy mis señas. Por ahora, no vuelvas a la ciudad. Te matarán si vuelves. Te matarán. Esto se ha convertido en un infierno".
Samuel casi se largó a llorar. Si tan mal estaban las cosas en su ciudad, las cosas debían estar peores en su pueblo natal. Pensó, por primera vez con ternura, en su madre ahorrando cada centavo y en su padre trabajando desde el amanecer al atardecer. Pero en las cartas que ellos le enviaban nada había ocurrido en el pueblo, salvo lo normal; un casamiento, una muerte, un nacimiento.
" No entienden, no saben" leyó entre líneas. "No sé si decirles algo"





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