miércoles, 24 de octubre de 2018

La casa al final

Al final de la calle Rueda, casi llegando a Convención, hay una casa que desde hace mucho tiempo está ahí. Me contaba mi abuela que ella iba allí de chica a visitar a una de las comadres de su padre; su padre, según las fotos, era serio, viejo y con algo de cacique. Mi abuela de chica era muy bonita; una belleza criolla, bastante gordita y de pelo renegrido y largo. Creo que más de un muchacho de el barrio debe haber alzado su sombrero cuando ella pasaba, pero mi abuela era de las que no usaban pintura de uñas ni andaban con muchachos desconocidos. Además, empezó a trabajar de mucama a los trece años, así que su juventud fue breve. Me contaba mi abuela que atrás de la casa había una huerta y un gallinero, y atrás de todo un pozo. En esa época la gente tenía muchos hijos y los hijos andaban por todas partes e iban a las casas de los vecinos y la manera que tenía la madre de recolectarlos era el famoso aullido maternal: "Pedro, Juan, Horacio, vengan acá enseguida porque si no lo reviento a sopapos" (si la madre era española el aullido era con acento gallego). Debo decir que he oído ese aullido muchas veces en mi infancia proferido por diversas madres y realmente es de temer,  así que Pedro, Juan y Horacio volvían a su casa tranquilitos y transpirados y se tomaban la sopa y se iban a la cama. Así que mi abuela jugaba con sus hermanos más chicos y con los hijos de la comadre de su padre y se contaban historias. La historia preferida era la del pozo. En el pozo, decía uno de los chicos, moraba un monstruo que se llevaba a los niños desobedientes. El pozo devoraba huesitos de niños, de niños pequeñitos. Nadie se creía del todo la historia (ya no eran tan chicos) pero por las dudas nadie se quedaba solo al lado del pozo cuando oscurecía. Había algo tenebroso allí y ninguno de ellos podía explicarlo. Después mi abuela empezó a trabajar de mucama y se hizo adulta y tuvo hijos y olvidó el pozo y el miedo, porque ser adulto es olvidarse de tener miedo.
Hasta que un día, por casualidad, mientras hablaba con su hermana menor (que no había conocido el pozo ni la casa al final) le contó la historia. Y su hermana, que era maestra, el orgullo de la familia y devoradora de novelas policiales le dijo "¿Rueda y Convención? pero ¿no sabes lo que pasó? Hace como diez años, salió en todos los diarios" Y ahí, estoy casi segura, mi abuela resopló, porque su hermana sería muy maestra pero no sabía lo que era criar dos chicos prácticamente sola, como si a ella le quedar tiempo para leer los diarios. "No, no sé lo que pasó" le dijo "Cuando construyeron una casa ahí cerca tuvieron que remover el terreno del pozo. Y encontraron huesos. Huesos humanos. Y era un vecino, prácticamente un linyera, al que todos lo tenían por una persona buena y callada, el Gumbi le decían porque le gustaba comer caramelos Gumbi. El había matado a los chicos y los había tirado al pozo. Creo que se ahorcó en la carcel". "No sabía" dijo mi abuela. "Que desastre". Y se quedó pensando y esto me lo contó a mi sola, muchos años atrás, porque en el momento la marca de caramelos Gumbi le había sonado, pero había pasado tanto tiempo, ¿no?, quién se iba a acordar de la marca de caramelos pero cuando ya era vieja se acordaba de que había sido chica y entonces una tarde me contó la historia. "Creo que una vez lo vi a ese Gumbi" me dijo "yo estaba en la casa de la comadre de mi padre y lo ví. Era muy fofo y raro y se asomaba al pozo. Y en un momento dado levantó la vista y me miró. Creo que me miró o si no me miró miraba otra cosa. Que al final, que cosa, lo que decíamos de chicos era verdad: ese pozo de la casa al final de la calle Rueda guardaba algo oscuro".


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