miércoles, 3 de octubre de 2018
Lula
Leí el otro día en una nota de Bill Maher (gran periodista norteamericano) que los norteamericanos medios no se escandalizan por los delitos financieros -de cuello blanco- porque básicamente no los entienden. Se escandalizan si Trump anduvo o no con una prostituta, cosa que, por cierto, han hecho muchos hombres desde que el mundo es mundo. En Brasil pasa exactamente lo mismo. Sería muy vergonzoso para la justicia, la política y la clase derecha brasilera admitir que a Lula lo tienen preso porque no pueden soportar que un obrero metalúrgico con tres dedos menos sea uno de los hombres más queridos y admirados no solo en su país, sino en el resto del mundo. Es la triste realidad, y sí, justicieros de la derecha que se escandalizan por polleras cortas pero no por una concejala asesinada en plena democracia, es muy vergonzoso. Son los hipócritas más grandes del mundo. La derecha brasileña está al borde del fascismo más terrible; reivindica el genocidio, el racismo, la hambruna. Solo les falta un cartel que diga: nosotros podemos hacerlo mejor que Hitler. Ni siquiera les hacen falta esvásticas. El acto de corrupción que se le adjudica a Lula, en principio, no está para nada probado. Es pura contradicción en si misma. Es más bien un rumor de un rumor de un rumor. Los hechos concretos es que, si gana la derecha en Brasil, va a ser -probablemente- un desastre. Porque la gente que se acostumbró a tres platos de comida por día no quiere volver a mendigar por uno. ¿Hasta donde se puede militarizar una favela? Citando a Deleuze, en Brasil son demasiado pobres para la deuda y demasiado numerosos para el encierro. La derecha puede presionar y entusiasmarse con reprimir, pero en esa represión pueden llegar a perder los muchos privilegios que tienen y terminar en Europa añorando sus fazendas y sus esclavos. Es un gran riesgo. Yo, personalmente, no jugaría tan fuerte, ni siquiera con todas las cartas a favor.
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